martes, mayo 29, 2007

ALGUNAS FOTOGRAFIAS DE ANTON CHEJOV










Antón Pávlovich Chékhov (en ruso Антон Павлович Чехов), (*Taganrog, 29 de enero de 1860 (17 de enero del calendario juliano) - †Badenweiler (Alemania), 14 de julio de 1904).



1-Su casa en Taganrog,lugar donde nació.
2-Chejov y Melikhovo(su perro).
3-Retrato por Osip Braz.
4-Chejov y Olga,1901,de Luna de Miel.
5-Tumba de Antón Pávlovich Chéjov Cementerio Novodevichy

jueves, abril 05, 2007

EL CASAMIENTO


EL CASAMIENTO
Pieza en I acto
ANTÓN CHÉJOV




PERSONAJES
EVDOKIM ZAJÁROVICH TACÁÑOV, empleado de gobierno jubilado, con la categoría de auxiliar principal.
NASTASIA TIMOFÉIEVNA, SU mujer.
DÁSHEÑKA, hija de ambos.
EPAMINOND MAXÍMOVICH APLÓMOV, novio de Dásheñka.
FEÓDOR IÁKOVLEVICH RUGÍDOV-GUARDÁIEV, capitán de navío retirado.
ANDRÉI ANDRÉIEVICH LLORIQUÉIEV, agente de una compañía de seguros.
ANNA MARTÍNOVNA VÍBOROVA, partera, de treinta años de edad. Viste de rojo intenso.
IVÁN MIJÁILOVICH LÉTROV, telegrafista.
JARLAMPI SPIRIDÓNOVICN DYMBA, griego, pastelero.
DMITRI STIEPÁNOVICH SÉSOV, marinero mercante.
PADRINOS, JÓVENES, CAMAREROS, ETC.

La acción en una sala reservada de un restaurante de medio pelo.
Sala intensamente alumbrada. Mesa grande, dispuesta para la cena. Varios camareros, vestidos de frac, hacen los últimos preparativos. Detrás del escenario la orquesta termina de tocar la última figura de una cuadrilla.
VÍBOROVA, LÉTROV y uno de los PADRINOS
pasan por el escenario
VÍBOROVA: ¡No, no y no!
LÉTROV: ¡Tenga compasión, tenga compasión! VÍBOROVA: ¡No, no y no!
EL PADRINO: (Corriendo detrás de ellos.) ¡Señores, eso no puede ser! Pero, ¿adónde van ustedes? ¿Y el grand-rond? Grandrond, s'il vous plait! (Salen.)
Entran NASTASIA TIMOFÉIEVNA y APLÓMOV
NASTASIA TIMOFÉIEVNA: En lugar de inquietarme con esas palabras suyas, mejor sería que se fuera a bailar.
APLÓMOV: ¿Y quién se cree que soy yo? ¿Un... Spinoza, o qué sé yo qué, para andar dibujando ochos con los pies? No, yo soy un hombre positivo, de carácter y no veo nada de divertido en los placeres inútiles. Pero ahora no se trata de bailes. Perdóneme, maman, pero hay muchas cosas en conducta que yo no comprendo. Por ejemplo: aparte de los objetos de utilidad doméstica, usted había prometido entregarme, como parte de la dote de su hija, dos títulos de capitalización. ¿Dónde están?
NASTASIA TIMOFÉIEVNA: Estoy empezando a sentir como un dolor de cabeza... Seguramente se avecina tiempo malo... Será por el deshielo.
APLÓMOV: No, no, no se me escape por la tangente... Hoy he sabido que sus títulos están empeñados... Perdóneme, maman, pero así proceden sólo los explotadores. No lo digo por "egoisticismo"... No necesito sus títulos... sino por principio, y sepa que yo no me dejaré chasquear por nadie. He honrado a su hija y si usted no me entrega hoy mismo los títulos, me comeré a su hija con manteca. ¡Soy un noble!
NASTASIA TIMOFÉIEVNA: (Examinando la mesa y calculando los cubiertos.) Uno... dos... tres... cuatro... cinco...
UN CAMARERO: El cocinero pregunta cómo quiere usted que sirvan el helado: con ron, con madeira, o sin nada.
APLÓMOV: Con ron. Además, dile al patrón que el vino no es bastante. Dile también que ponga más Sauternes. (A Nastasia Timoféievna.) Además, usted me prometió, y esto era lo convenido, que esta noche, para la cena, habría un general. ¿Y dónde está, se le pregunta?
NASTASIA TIMOFÉIEVNA: Eso no es culpa mía, hijo. APLÓMOV: ¿Y de quién, entonces?
NASTASIA TIMOFÉIEVNA: Andréi Andréievich tiene la culpa... Ayer estuvo y prometió traer a un general completamente auténtico. (Suspira.) Seguramente no lo ha encontrado por ninguna parte; si no, lo hubiera traído... ¿Acaso nosotros nos fijamos en gastos? Tratándose de nuestra hija no reparamos en nada. ¿Un general? ¡Venga un general!...
APLÓMOV: Pero hay más aún... Todo el mundo sabe, inclusive usted misma, maman, que a Dásheñka, antes de que yo pidiera su mano, le hacía la corte ese telegrafista Létrov. ¿Por qué entonces lo ha invitado usted? ¿No sabe que me es desagradable?
NASTASIA TIMOFÉIEVNA: ¡Oh!... ¿cómo te llamabas?... ah, Epaminond Maxímovich... no hace un día siquiera que estás casado y ya nos has deshecho, a mí y a Dásheñka, con tus conversaciones. ¡Cómo será dentro de un año! ¡Qué aburrido eres, ay, qué aburrido!
APLÓMOV: ¿No le gusta oír la verdad? ¡Ajá! Bueno, entonces proceda noblemente. Yo exijo de usted una sola cosa: ¡que sea noble!
De una puerta a la otra, cruzando la sala, pasan las parejas bailando el "grand-rond". La primera pareja está formada por el padrino y Dásheñka y la última por Létrov y Víborova. Estos se detienen y se quedan en la sala. Tacáñov y Dymba entran y se dirigen hacia la mesa.
EL PADRINO: (Gritando.) ¡Promenade! ¡Messieurs, promenade! (Ya fuera del escenario.) ¡Promenade! (Las parejas salen.)
LÉTROV: (A Víborova.) ¡Tenga compasión! ¡Tenga compasión, encantadora Anna Martínovna!
VÍBOROVA: Pero, ¡cómo es usted!... Ya le he dicho que hoy mi voz no está del todo bien.
LÉTROV: ¡Se lo suplico... cante! ¡Cante una sola nota! ¡Tenga compasión! ¡Una sola nota!
VÍBOROVA: Estoy harta de usted... (Se sienta y se abanica.)
LÉTROV: No, usted es sencillamente despiadada. ¡Una criatura tan despiadada, permítame expresárselo, y una voz tan maravillosa, tan maravillosa! Con semejante voz, perdóneme la expresión, no tendría que dedicarse a partera, sino a dar conciertos en las reuniones pública . Por ejemplo, ¡cuán divinamente le sale esta fioritura... esta... (Entona.) "La quiero, el amor todavía en vano..." ¡Maravilloso!
VÍBOROVA: (Entona.) "La quiero, el amor quizás..." ¿Es esto?
LÉTROV: ¡Esto mismo! ¡Maravilloso!
VÍBOROVA: No, hoy mi voz no está del todo bien. Torne. (Le tira el abanico.) Abaníqueme... Hace calor. (A Aplómov.) Eparninond Maxímovich, ¿por qué está melancólico? ¿Es lógico eso en un novio? ¿No le da vergüenza, hombre malo? ¿En qué piensa?
APLÓMOV: El casamiento es un paso serio. Hay que estudiarlo todo, desde todos los ángulos, detalladamente.
VÍBOROVA: ¡Qué escépticos tan desagradables son todos ustedes! Me ahogo al lado suyo... ¡Déme atmósfera!... ¿Lo oye? ¡Déme atmósfera! (Canturrea.)
LÉTROV: ¡Qué maravilloso, qué maravilloso!
VÍBOROVA: ¡Abaníqueme, abaníqueme! Si no, me parece que me va a estallar el corazón. Dígame, por favor, ¿por qué me siento ahogada?
LÉTROV: Porque está sudando.
VÍBOROVA: ¡Uff, qué vulgar es usted! Eso no se dice
LÉTROV: Perdóneme... claro... está acostumbrada, valga la expresión, a una sociedad aristocrática.
VÍBOROVA: ¡Ah, déjeme en paz! ¡A mí déme poesía, entusiasmo! ¡Abaníqueme, abaníqueme!
TACÁÑOV: (A Dymba.) ¿Repetimos? (Sirve.) Beber está bien. Lo principal es actuar, Jarlampi Spiridónich. No olvidarse de lo que se debe hacer. Beba, pero haga bien las cosas... Y en lo tocante a beber, ¿por qué no beber? Beber está bien... A su salud. (Beben.) Y tigres, ¿hay tigres en Grecia?
DYMBA: Hay. TACÁÑOV: ¿Y leones?
DYMBA: También hay leones. En Rusia es donde no hay nada; en Grecia hay de todo. Allí tengo mi padre y mi tío y mis hermanos, y aquí en cambio no hay nada.
TACÁÑOV: Hum... Y cachalotes, ¿hay cachalotes en Grecia?
DYMBA: Hay de todo.
NASTASIA TIMOFÉIEVNA: (A su marido.) ¿Y para qué comer y tomar así, porque sí? Ya es hora de que todos se sienten a la mesa. No hurgues la langosta con tu tenedor... Está puesta para el general. A lo mejor, todavía viene...
TACÁÑOV: Y langostas, ¿hay langostas en Grecia? DYMBA: Hay... Allá hay de todo.
TACÁÑOV: Hum... Y auxiliares principales, ¿hay?
VÍBOROVA: ¡Me imagino cómo será la atmósfera en Grecia!
TACÁÑOV: Y, seguramente, lo que habrá es muchos chanchullos. Porque los griegos son lo mismo que los armenios y los gitanos: te venden una mala esponja o un pez dorado y encima se esfuerzan por sacarte todo lo que puedan. ¿Repetimos?
NASTASIA TIMOFÉIEVNA: Pero, ¿para qué repetir de este modo? Ya es hora de que todos se sienten a la mesa. Ya son las once pasadas...
TACÁÑOV: Ya que hay que sentarse, ¿por qué no sentarse? ¡Señores, lo ruego! ¡Tengan a bien! (Grita.) ¡A cenar! jóvenes!
NASTASIA TIMOFÉIEVNA: ¡Queridos huéspedes, les ruego...! ¡Siéntense!
VÍBOROVA: ¡A mí, dénme poesía!... "Pero él, rebelde, busca la tormenta, como si en la tormenta hallara reposo..." ¿Dénme tormenta!
LÉTROV: (Para sí.) ¡Qué mujer más extra di aria! ¡Estoy enamorado! ¡Enamorado hasta las orejas!

Entra DÁSHEÑKA, Sésov, los padrinos, muchachos y muchachas y demás invitados. lodos se sientan ruidosamente a la mesa; pausa. La orquesta toca una marcha.
SÉSOV: (Se levanta.) ¡Señores, tengo que decir lo siguiente...! Tenemos preparados muchísimos brindis y discursos. No esperemos más y comencemos en seguida. Señores, propongo un brindis por los recién casados.
Música. Todos: "¡Hurra!" Chocan las copas.
SÉSOV: ¡Amargo!
TODOS: ¡Amargo! ¡Amargo! (Aplómov y Dásheñka se besan.)
LÉTROV: ¡Magnífico, magnifico! Señores, tengo que expresarme, y rendir mi tributo... puesto que este salón y la casa toda son maravillosos. ¡Maravilloso, magnífico! Pero, ¿saben ustedes qué es lo que hace falta para que esto sea un verdadero festín? ¡La luz eléctrica, perdóneseme la expresión! En todos los países existe ya la luz eléctrica, y sólo Rusia está atrasada.
TACÁÑOV: (Con aire de pensador.) ¡Electricidad!... ¡Hum!... Pues a mi entender, la luz eléctrica no es más que una matufia... Meten adentro un carboncito y se creen que van a engañar a alguien... ¡No, amigo mío! Puesto que estás para suministrarme luz, no me des un carboncito cualquiera, sino algo sustancial, algo extraordinario, que tenga de dónde agarrarse... ¡Dame fuego, ¿entiendes?, un fuego natural y no imaginario!
LÉTROV: Si usted viera cómo está compuesta una batería eléctrica, razonaría de otro modo.
TACÁÑOV: Ni quiero verla. ¡Matufia! Engañan a la gente sencilla, le exprimen hasta el último jugo... ¡Ya conocemos a esta clase de gente!... Y usted, señor joven, en vez de defender esas matufias, haría mejor bebiendo y sirviendo a los demás. ¡Sí, de veras!
APLÓMOV: Estoy completamente de acuerdo con usted, papá. ¿Para qué meterse ahora en conversaciones científicas? Yo, personalmente, no tengo nada contra las plásticas sobre los distintos descubrimientos en el sentido científico, pero cada cosa a su tiempo. (A Dásheñka.) ¿Y cuál es tu opinión, ma chére?
DÁSHEÑKA: Quieren demostrar su instrucción y siempre hablan de cosas incomprensibles.
NASTASIA TIMOFÉIEVNA: Gracias a Dios hemos vivido toda nuestra vida sin instrucción y ya estamos casando a nuestra tercera hija con un buen hombre. Y si nosotros, a su parecer, le resultamos gente ignorante, entonces, ¿por qué nos frecuenta? Sería mejor que frecuentara a su gente culta.
LÉTROV: Yo, Nastasia Timoféievna, he respetado siempre a su familia, y si hablé del alumbrado eléctrico eso no quiere decir que lo haya hecho por orgullo. Mire, hasta puedo beber con ustedes... Siempre he deseado de todo corazón un buen novio para Daria Evdokímovna. En nuestros tiempos, Nastasia Timoféievna, es difícil casarse con un hombre bueno. Hoy día cada uno se esfuerza en casarse por interés, por dinero...
APLÓMOV: ¡Es una indirecta!
LÉTROV: (Asustado.) ¡No es ninguna indirecta!... No hablo e los aquí presentes... lo dije por decir... ¡Caramba, todo 1 mundo sabe que usted lo hizo por amor!... ¡La dote es insignificante!...
NASTASIA TIMOFÉIEVNA: ¡No, no es insignificante! ¡Hable, señor mío, pero no de más! Aparte de mil rublos contantes y sonantes, le hemos dado a ella tres abrigos, una cama y todo el mobiliario. ¡Vé, encuéntrame en alguna parte una dote igual!
LÉTROV: No... no dije nada. El mobiliario en realidad es bueno y... los abrigos también, por supuesto. Pero dije porque ellos se habían ofendido, creyendo que estaba lanzando una indirecta.
NASTASIATIMOFÉIEVNA: Pues no las lance usted. Nosotros lo respetamos por sus padres, lo invitamos a la boda y usted va y nos sale con cosas. Pero, si sabía que Epaminond Maxímovich se casaba por interés, ¿por qué no lo dijo antes? (Con voz llorosa.) ;Y yo que: la alimenté y cuidé, que he cuidado a mi hijita mas que un diamante!
APLÓMOV:¿Así que usted le cree? ¡Gracias, muchas gracias! ¡Mucho le agradezco! (A Létrov.) Y a usted, señor Létrov, a pesar de que es conocido mío, no le permito hacer tales porquerías en casa ajena. ¡Sírvase mandarse mudar!
LÉTROV: ¿Cómo es eso?
APLÓMOV: ¡Ya quisiera usted ser un hombre tan honrado como yo! ¡En una palabra: fuera de aquí!
Música
LOS JÓVENES: (A Aplómov.) Pero, ¡déjalo! ¡Basta! ¡No vale la pena! ¡Siéntate!
LÉTROV: Yo no dije nada... Es que yo... Ni lo entiendo... Si es su gusto me iré... Pero antes devuélvame cinco rublos que me pidió prestados el año pasado para su chaleco de piqué, perdóneme la expresión... Beberé un poco más y me iré. Pero, antes, págueme la deuda.
LOS JÓVENES: ¡Ya está bien, ya está bien, basta! ¡No vale la pena pelear por semejantes pavadas!
EL PADRINO: (Grita.) Por los padres de la novia, Evdokim Zajárovich y Nastasia Timoféievna, salud!
Música. Todos: "¡Hurra!"
TACÁÑOV: (Conmovido, haciendo reverencias en todas direcciones.) ¡Gracias, queridos huéspedes! Mucho les agradezco por no habernos olvidado y por honrarnos con su presencia, por no despreciarnos... Y no vayan a creer que soy un pillo cualquiera, o que todo esto es, por mi parte, puro jarabe de pico... ¡Lo digo de todo corazón! ¡Desde la profundidad de mi alma! Tratándose de gente buena, no reparo en gastos. ¡Les agradezco humildemente! (Se besa con los invitados.)
DASHEÑKA: (A su madre.) Pero, ¿por qué estás llorando, mamá? ¡Soy tan feliz!
APLÓMOV: Maman está emocionada a causa de la inminente separación, pero yo le aconsejaría que mejor se acordara de nuestra reciente conversación.
LÉTROV: ¡No llore, Nastasia Timoféievna! Mejor piense: ¿qué significan las lágrimas humanas? ¡Debilidad neurótica, nada más!
TACÁÑOV: Yen Grecia, ¿hay hongos?
DYMBA: Hay. Allá hay de todo.
TACÁÑOV: Pero es seguro que allá no hay hongos agáricos. DYMBA: ¡También hay agáricos! ¡Hay de todo!
SÉSOV: Jarlampi Spiridónovich, ahora le toca a usted pronunciar su discurso. ¡Señores, háganlo hablar!
TODOS: (A Dymba.) ¡Un discurso! ¡Un discurso! ¡Es su turno! DYMBA: ¿Por qué? No comprendo... ¿Qué pasa?
VIBOROVA: ¡No, no! ¡No puede negarse! ¡Es su turno! ¡Levántese!
DYMBA: (Se levanta, confuso.) Yo puedo hablar de esto... De cómo es Rusia y de cómo es Grecia. Ahora bien, hay gente en Rusia y la hay en Grecia... Y también, por el mar navegan los barcos y por la tierra pasan esos ferrocarriles. Lo comprendo bien... Nosotros somos griegos y ustedes son rusos... Y a mí no me hace falta nada... Puedo hablar de esto... De cómo es Rusia y de cómo es Grecia.
Entra LLORIQUÉIEV
LLORIQUÉIEV: ¡Esperen, señores! ¡No coman! Nastasia Timoféievna, un minutito... ¿quiere venir? (Lleva aparte a Nastasia Timoféievna y le habla agitado.) Escúcheme... En seguida viene el general... ¡Por fin lo he encontrado!... ¡Estoy sencillamente agotado!... ¡Un general auténtico, representativo, anciano, de unos ochenta o a lo mejor noventa años!
NASTASIA TIMOFÉIEVNA: Pero, ¿cuándo viene?
LLORIQUÉIEV: En seguida. Me estará usted agradecida toda su vida. No es un general cualquiera, sino un bomboncito, ¡un Boulanger! ¡No de vulgar infantería, sino de la Armada! Por el grado, viene a ser Capitán de Navío, pero para ellos, los marinos, es lo mismo que General de Brigada, o entre los civiles, Consejero de Estado. Viene a ser lo mismo... ¡o todavía más!
NASTASIA TIMOFÉIEVNA: ¿Y no me engañas, Andriúshenka? LLORIQUÉIEV: ¿Soy un pillo? Esté tranquila.
NASTASIA TIMOFÉIEVNA: (Suspirando.) No quisiera gastar en balde el dinero, Andriúshenka...
LLORIQUÉIEV: ¡Esté tranquila! Es más que un general... ¡es todo un cuadro! (Levantando la voz para que le oigan.) Y yo le dije: "¡Nos tiene completamente olvidados, Su Excelencia! ¡Eso de olvidar a los viejos amigos no está bien, Su Excelencia! Nastasia Timoféievna -le dije- se queja mucho de usted!" (Va hacia la mesa y se sienta.) Y él me dice: "¡Pero, amigo mío, cómo voy a ir si no conozco al novio!" "¡Vaya, Su Excelencia, qué ceremonias son ésas! ¡El novio -le digo- es un hombre magnífico! ¡Un alma abierta! ¡Trabaja -le digo-de tasador en el Banco de Préstamos! Pero no crea usted, Su Excelencia, que es un cualquiera, o un malhechor. En el Banco de Préstamos -le digo- hoy en día trabajan hasta las damas de la nobleza." Me palmeó en el hombro, fumamos un cigarro habano cada uno y ahora viene para aquí... ¡Esperen, señores, no coman!
APLÓMOV: ¿Cuándo viene?
LLORIQUÉIEV: En seguida. Cuando salí de su casa ya se estaba poniendo los chanclos. Esperen, señores, no coman.
APLÓMOV: Entonces hay que ordenar que toquen la marcha...
LLORIQUÉIEV: (Grita.) ¡Músicos! ¡Una marcha!
La orquesta toca una marcha durante un rato CAMARERO: (Anuncia.) ¡El señor Rugídov-Guardáiev!
TAGÁÑOV, NASTASIA TIMOFÉIEVNA y LLORIQUÉIEV corren a su encuentro. Entra RUGÍDOV-GUARDÁIEV
NASTASIA TIMOFÉIEVNA: (Saluda con una reverenda.) ¡Sea bienvenido, Su Excelencia! ¡Encantado!
RUGÍDOV: Muy agradecido.
TACÁÑOV: Nosotros, Su Excelencia, no somos eminentes ni de alta posición, sino gente sencilla; pero no vaya a creer que hay algún engaño de nuestra parte. Para la gente buena siempre reservamos el mejor lugar y no reparamos en gastos. ¡Sea bienvenido!
RUGÍDOV: Me alegro mucho.
LLORIQUÉIEV: Permítame que lo presente. Su Excelencia, el recién casado, Epaminond Maxímovich Aplómov, y su recién nacida... es decir, su recién casada, su esposa. Iván Mijáilovich Létrov, empleado de telégrafo. El extranjero de origen griego, pastelero Jarlampi Spiridónovich Dymba. Osip Lukich Babelmandébski, etc., etc., etc..... Todos los demás no tienen importancia. ¡Siéntese, Su Excelencia!
RUGÍDOV: Me alegro mucho. Perdónenme, señores, quisiera cambiar dos palabras con Andriusha. (Se aparta con Lloriquéiev.) Me siento un poco incómodo, mi amigo... ¿Por qué me titulas "Su Excelencia"? ¡Yo no soy general! Un capitán de navío es aún menos que un coronel de ejército...
LLORIQUÉIEV: (Le habla al oído, como a los sordos.) ¡Lo sé, Feódor Iákovlevich; pero sea bueno, permítanos llamarlo Excelencia! Usted sabe, esta familia es muy patriarcal, respeta a los mayores. Les gustan los ritos jerárquicos...
RUGÍDOV: Bueno, si es así, entonces, claro... (Yendo hacia la mesa.) Encantado.
NASTASIATIMOFÉIEVNA: ¡Siéntese, Su Excelencia! Háganos el favor... ¿Gusta comer, Su Excelencia? Pero, eso sí, perdónenos, allá en su casa usted está acostumbrado a modales delicados, mientras que entre nosotros todo es sencillo.
RUGÍDOV: (Que no ha oído bien.) ¿Cómo? ¿Qué? ¡Hum! Sí, sí... (Pausa.) Sí. En los tiempos pasados la gente vivía sencillamente y estaba contenta. Mi rango es elevado en el servicio y, sin embargo, vivo con sencillez. Hoy vino a mi casa Andriusha y me invitó a venir aquí, al casamiento. "Pero, ¿cómo, le dije, cómo voy a ir si no los conozco? ¡Es incómodo!" Y él me dice: "Son gente sencilla, patriarcal... ¡Se alegran por cada huésped!" Pues claro, si es así... ¿por qué no? Me alegro mucho... Me aburro solo en casa y si mi presencia en el casamiento puede ser motivo de agrado para alguien, entonces -digo-, con todo gusto.
TACÁÑOV: Esto quiere decir, Su Excelencia, que usted lo ha hecho de puro bueno... ¡Eso me inspira respeto! Yo también soy hombre sencillo, sin pillería alguna y respeto a la gente bondadosa. Sírvase, Su Excelencia...
APLÓMOV: ¿Hace mucho tiempo, Su Excelencia, que está usted retirado?
RUGÍDOV: ¿Eh? Sí, sí, así es... Es cierto... Sí, sí. Pero, permítanme, ¿cómo es eso? Los arenques están amargos... y el pan también está amargo... Imposible comerlos...
TODOS: ¡Amargo! ¡Amargo!
APLÓMOV y DÁSHEÑKA se besan
RUGÍDOV: (Se ríe.) Je, je, je, je... ¡A su salud! (Pausa.) Sí... En los tiempos pasados todo era sencillo y todos estaban contentos... Me gusta la sencillez, ... Es que ya soy viejo, me retiré en el año 1865... Tengo 72 años... ¡Sí! Sí, claro, en aquellos tiempos también a la gente le gustaba la pompa... Pero... (Al ver a Sésov.) ¿Usted... cómo dice... usted es marinero?
SÉSOV: Sí, señor.
RUGÍDOV: Ajá... Así es... Sí... El servicio en la marina siempre ha sido difícil... Hay bastante en qué pensar y romperse la cabeza... Cada palabra, por insignificante que sea, tiene, para decirlo así, su propio sentido... Por ejemplo: "Los marineros de cofa que suban a las jarcias, al mayor y al trinquete." ¿Qué significa eso? ¡El marinero lo entiende, je, je, je! Todo es finura, como en las mismas matemáticas...
LLORIQUÉIEV: ¡A la salud de Su Excelencia, Feódor Iákovlevich Rugídov-Guardáiev!
Música. Todos: "¡Hurra!"
LÉTROV: Usted, Excelencia, acaba de expresarse sobre las dificultades del servicio en la marina. ¿Y acaso el del telegrafista es más fácil? Hoy en día, Su Excelencia, nadie puede entrar en el servicio telegráfico, sin saber leer y escribir en francés y en alemán. Pero lo más difícil entre nosotros es la transmisión de los telegramas. ¡Terriblemente difícil! Sírvase escuchar. (Golpea con el tenedor sobre la mesa, imitando señales telegráficas.)
RUGÍDOV: ¿Y qué significa eso?
LÉTROV: Esto significa: "Su Excelencia, yo lo respeto por sus virtudes." ¿Le parece fácil? Y aún más. (Golpea.)
RUGÍDOV: Más fuerte... No oigo...
LÉTROV: Y esto significa: "Qué feliz me siento, Madame, de tenerla entre mis brazos!"
RUGÍDOV: ¿Y a qué madame se refiere usted?... Sí... (A Sésov.) Y cuando vamos con el viento franco hay que desplegar las alas y las rastreras. Entonces es preciso dar la siguiente voz de mando: "La gente que va a desplegar las gavias altas, ¡al mástil!" Y en el momento en que los marineros de las vergas izan las velas: "¡Bracear! ¡Tesar las escotas!"...
PADRINO: (Se levanta.) ¡Respetables señoras y respetables señ...!
RUGÍDOV: (Interrumpiéndolo.) Sí, sí... hay muchas voces de mando distintas... Sí... "¡Arriba los apagapenoles y tesa los amantes!" ¿Es lindo, eh? Pero, ¿qué significa esto, qué sentido tiene? Muy sencillo. ¡Y allá van todos juntos...! Y mientras tanto amarran las brazas y las drizas a sus caballeros. LLORIQUÉIEV: (A Rugídov.) Féodor Iákovlevich, la señora le ruega conversar sobre otras cosas. Para los huéspedes esto es incomprensible... y aburrido.
RUGÍDOV: ¿Qué? ¿Quién se aburre? (A Sésov.) Joven: cuando la nave está escorada a estribor con todo el paño arriba, ¿qué hay que hacer para adrizarla? ¿Qué voz de mando hay que dar? Es necesario proceder así: dar con el silbato la orden de "todo el mundo arriba" y decir: "¡Caer a sotavento!" je, je, je!...
LLORIQUÉIEV: ¡Féodor Iákovlevich, basta! ¡Coma!
RUGÍDOV: Y cuando todos han subido hay que dar la voz: "¡Todo el mundo a sus puestos!" y "¡Caer a sotavento!" ¡Eso es vida! Das las órdenes y miras a los marineros que, como relámpagos, corren cada uno a su puesto y atan los cabos. No te puedes contener más y gritas: "¡Bravo, muchachos!" (Carraspea y tose.)
PADRINO: (Se apresura a aprovechar la tregua.) En este día, para decirlo así, en este día en que nos reunimos todos en un montón para agasajar a nuestro querido...
RUGÍDOV: (Interrumpiendo.) Sí, sí... ¡Y todo esto hay que saber entenderlo! Por ejemplo: "Fila escota de barlovento, caza a sotavento!"...
PADRINO: (Ofendido.) Pero, ¿por qué me interrumpe? De este modo no vamos a poder pronunciar un solo discurso.
NASTASIA TIMOFÉIEVNA: Somos gente oscura, Su Excelencia; de todo esto no entendemos nada... Sería mejor que nos contara algo sobre...
RUGÍDOV: (Sin oírla bien.) Gracias, ya he comido. ¿Usted se refiere al ganso? Gracias... Sí... Recordar lo pasado... Es agradable, joven... Navegas por el mar y te olvidas de lo que es la pena y... (Con voz temblorosa.) ¿Se acuerda usted de ese entusiasmo al adrizar el barco escorado? ¡Qué marino no se enciende de fuego al acordarse de esta maniobra! Porque, sabe usted, cuando resuena la voz de mando: "¡Todos a las jarcias! ¡Virar por avante!", parece que una chispa eléctrica pasara por todos, desde el capitán hasta el último grumete. Todos despiertan.
VÍBOROVA: ¡Qué aburrido, qué aburrido! (Rumores de descontento.)
RUGÍDOV: (Sin oír bien.) Gracias, ya comí. (Entusiasmado.) Todos están listos y pendientes de las órdenes del segundo. Se cumple todo al instante... "¡Suelta las cotas! ¡Vira!" (Se levanta.) La nave se enfacha y por fin cae a sotavento. Las velas comienzan a gualdrapear. El contramaestre, los de las brazas: "¡A no dormirse!" Y él mismo, fija la mirada en los toques, da la orden: "¡Acuartela trinquetilla! ¡Vamos! Ya debiera estar hecho!" Y en ese momento todo vuela, cruje y es una batahola infernal. Se cumple sin fallas. ¡La virada resultó bien!
NASTASIA TIMOFÉIEVNA: (Con rabia.) ¡General, y miren el bochinche que arma!... ¡Y no le da vergüenza, a su edad!
RUGÍDOV: ¿Albóndigas? No, no comí... gracias...
NASTASIA TIMOFÉIEVNA: ¡Le digo si no le da vergüenza hacer eso a su edad! ¡General y armando bochinche!
LLORIQUÉIEV: (Turbado.) Pero, ¿qué es eso?
RUGÍDOV: En primer término, no soy general, sino capitán de navío, lo que de acuerdo con el estatuto de graduación corresponde a teniente coronel.
NASTASIA TIMOFÉIEVNA: Y si no es general, entonces, ¿por qué ha cobrado el dinero? ¡Y además no le hemos pagado para que arme bochinche!
RUGÍDOV: (Sin entender.) ¿Qué dinero?
NASTASIA TIMOFÉIEVNA: ¡Ya sabe qué dinero! ¡Como si no hubiera cobrado sus buenos veinticinco rublos por intermedio de Andréi Andréievich...! (A Lloriquéiev.) Y de parte tuya, Andriúshenka, ¡es un pecado! ¡No te he pedido que conchabaras un tipo así!
LLORIQUÉIEV: ¡Pero, pero, no hable así! ¡No hay por qué!
RUGÍDOV: ¿Conchabaron? ¿Pagaron? ¿Qué es eso?
APLÓMOV: ¡Permítanme, sin embargo...! ¿Ha recibido o no veinticinco rublos de manos de Andréi Andréievich?
RUGÍDOV: ¿Qué veinticinco rublos? (Comprendiendo de pronto.) ¡Ajá! Ahora lo entiendo todo... ¡Qué asco, qué porquería!
APLÓMOV: ¡Pero usted ha recibido el dinero!...
RUGÍDOV: ¡No he recibido ningún dinero! ¡Fuera! (Se levantade la mesa.) ¡Qué asco! ¡Qué bajeza! ¡Ofender en esta forma a un anciano, a un marino, a un oficial de jerarquía!... Si se tratara de gente decente podría retar a alguien a duelo, pero así, ¿qué puedo hacer? (Como perdido.) ¿Dónde está la puerta? ¿Por dónde puedo salir? ¡Camarero, ayúdame a salir! (Inicia el mutis.) ¡Qué bajeza! ¿Qué asco! (Sale.)
NASTASIA TIMOFÉIEVNA: Andriúshenka, ¿dónde están los veinticinco rublos?
LLORIQUÉIEV: ¿Vale la pena hablar de tales pequeñeces? ¡Vaya qué cosa importante! ¡Todo el mundo alegre y usted hablando de esas cosas!... (Grita.) ¡A la salud de los recién casados! ¡Músicos, una marcha! ¡Músicos!
La orquesta toca una marcha LLORIQUÉIEV: ¡A la salud de los recién casados!
VíBOROVA: Me sofoco... ¡Déme, déme atmósfera! ¡Me ahogo a su lado!
LÉTROV: (Entusiasmado.) ¡Divina, divina! Bullicio general
PADRINO: (Tratando de ahogar las voces.) Respetables señoras y respetables señores: En este día, por decirlo así, en este día...
TELÓN

"EL OSO"


EL OSO
Humorada en I acto
ANTÓN CHÉJOV



Dedicada a N. N. Solovzov.

PERSONAJES

ELENA IVÁNOVNA POPOVA, viudita con hoyuelos en las mejillas,
terrateniente.
GRIGORI STIEPÁNOVICH SMIRNOV, terrateniente de mediana edad.
LUKA, lacayo de la señora Popova, anciano.
La sala, en la finca rural de la señora Popova.
La señora POPOVA (de luto riguroso, con los ojos fijos en un retrato) y LUKÁ.
I
LUKÁ: No está bien, señora... Usted no está haciendo más que arruinar su vida... La mucama y la cocinera han salido a recoger frutos silvestres. Toda criatura viviente está alegre, hasta la gata, hasta la gata sabe lo que es bueno y se pasea por el jardín y caza pajaritos... mientras que usted, ¡todo el día en su cuarto, como en un convento... y ningún placer! Pero, ¡de veras, ya va para un año sin que usted salga de casa!
ELENA IVÁNOVNA: Y nunca saldré... Para qué? Mi vida ya está terminada. Él está en su tumba y yo me enterré entre estas cuatro paredes... Ambos hemos muerto.
LUKA: ¡Eso es! De veras, mejor no escucharla... Nicolái Mijáilovich ha muerto y muerto está. La voluntad de Dios... Que en paz descanse... Usted ya lo lloró y ahora basta. Todo tiene su medida... Uno no va a llorar y a andar de luto un siglo entero... Mi vieja también murió a su tiempo... ¿y qué? He llorado un mes y para ella es bastante. Pero, (pa- sarse llorando un siglo? Ni la vieja vale tanto. (Suspira.) Se ha olvidado de todos sus vecinos... Ni va a visitarlos, ni deja que ellos sean recibidos aquí; vivirnos, con perdón, corno arañas, no vemos ni la luz del día, mi librea se la comieron las lauchas... Vaya y pase si en los alrededores no viviera buena gente, pero todo el distrito está lleno de caballeros. En Ríblovo está acantonado un regimiento. Allí los oficia les, ¡bomboncito puro! Uno no se cansa de mirarlos. Y en los campamentos, todos los viernes hay baile y casi todos los días la banda militar hace música... ¡Ah, mi señora! Joven, bella, regalando salud... no le falta nada para vivir a su gusto... ¡Pero la belleza tampoco nos la dan para una eternidad! Pasarán unos diez años y usted misma tendrá ganas de pasearse como un pavo real por delante de los señores oficiales y echarles tierra a los ojos, pero... ya será tarde.
ELENA IVÁNOVNA: (Con firmeza.) ¡HaZ el favor de no volver a hablarme nunca de estas cosas! Tú sabes, desde que ha muerto Nicolái Mijáilovich, la vida ha perdido para mí todo valor. A ti te parece que estoy viva, pero eso es sólo lo que te parece... He jurado no quitarme el luto hasta la tumba y no ver más la luz del día... ¿Me oyes? Que su sombra vea cómo lo quería... Sí, ya sé, y no es un secreto para tí, que él era a menudo injusto conmigo. Cruel. Y.. y hasta infiel. Pero yo le seré fiel hasta la tumba. Y le demostraré cómo sé querer. Allí, en el más allá, verá que yo sigo siendo exactamente la que era cuando él vivía.
LUKÁ: En vez de hablar así sería mejor que se fuera a pasear por el jardín. O que mandara enganchar a Toby o al Gigante y se fuera a visitar a sus vecinos.
ELENA IVÁNOVNA: ¡Ah! (Llora.)
LUKA: ¡Señora, mi señora! ¿Qué le pasa? ¡Que Dios la proteja!
ELENA IVÁNOVNA: ¡Él quería tanto a Toby! Siempre iba con él a casa de Karchaguin y a casa de Vlásov. ¡Y qué maravillosamente guiaba! ¡Qué elegancia en su porte cuando sujetaba las riendas! ¿Te acuerdas? ¡Toby, Toby! Ordena que ahora le den doble ración de avena.
LUKÁ: Sí, señora.
Se oye la campanilla que llama bruscamente
ELENA IVÁNOVNA: (Se sobresalta.) ¿Quién es? ¡Dí que no recibo a nadie!
LUKA: Sí, señora. (Sale.)

II

ELENA IVÁNOVNA, sola
ELENA IVÁNOVNA: (Mirando el retrato.) Tú verás, Nicolás, cómo sé yo querer y perdonar... Mi amor se extinguirá junto con mi vida , cuando deje de latir mi pobre corazón. (Ríe entre lágrimas.) ¿Y no te da vergüenza? Yo, tu buenita, tu fiel mujercita, me he encerrado bajo candado y te seré fiel hasta la tumba... y tú... ¿no te da vergüenza, malote? Me engañabas, me hacías escenas, me dejabas sola durante semanas enteras...

III
ELENA IVÁNOVNA y LUKÁ
LUKA: (Entra agitado.) Señora, ahí hay alguien que pregunta por usted. Quiere verla...
ELENA IVÁNOVNA: ¿Pero no le has dicho que desde el día de la muerte de mi esposo no recibo a nadie?
LUKA: Se lo he dicho, pero él no quiere ni escuchar. Dice que es un asunto de mayor importancia.
ELENA IVÁNOVNA: ¡Yo no re-ci-bo!
LUKA: Se lo he dicho, pero... ¡es un diablo!... Maldice y se abalanza hacia adentro... Ya está en el comedor...
ELENA IVÁNOVNA: (Irritada.) Está bien. Dile que pase... ¡Qué mal educados! (Luká sale.) ¡Pero, qué cargosa es esta gente! ¿Qué quieren de mí? ¿Por qué perturban mi tranquilidad? (Suspira.) Si parece que realmente tendré que recluirme en un convento... (Pensando.) Sí... un convento...

IV
ELENA IVÁNOVNA, LUKÁ y SMIRNOV.
SMIRNOV: (Entra; a Luká) ¡Estúpido, te gusta hablar de más!... ¡Asno! (Al ver a la señora Popova, dignamente.) Señora, tengo (.1 honor de presentarme: teniente de artillería retirado, terrateniente Grigori Stiepánovich Smirnov. Me veo obligado a molestarla por un asunto de la mayor importancia.
ELENA IVÁNOVNA: (Sin estrecharle la mano.) Qué desea?
SMIRNOV: Su difunto esposo, al que tuve el honor de conocer, me quedó debiendo dos pagarés, por mil doscientos rublos. Como mañana tengo que pagar los intereses en el Banco Agrario, agradecería a usted, señora, se sirva devolverme ese dinero hoy mismo.
ELENA IVÁNOVNA: ¿Mil doscientos?... ¿Y de qué es esa suma que mi esposo le ha quedado debiendo?
SMIRNOV: Me compraba la avena.
ELENA IVÁNOVNA: (Suspira; a Luká.) Entonces, Luká, no olvides de decir que den a Toby doble ración de avena. (Luká sale; a Smirnov.) Si Nicolái Mijáilovich le ha quedado en deuda, ni qué decir tiene que yo le pagaré; pero, perdóneme, hoy no tengo el dinero disponible. Pasado mañana volverá de la ciudad mi administrador y ordenaré que le sea pagado lo que se le debe; pero mientras tanto no puedo complacerle... Además, hoy se cumplen siete meses de la muerte de mi esposo y estoy en tal estado de ánimo que no me siento dispuesta en modo alguno a ocuparme de asuntos de dinero.
SMIRNOV: Y yo estoy ahora en tal estado de ánimo que si mañana no pago los intereses me van a hacer volar como un cohete. ¡Me van a embargar mi campo!
ELENA IVÁNOVNA: Pasado mañana recibirá su dinero.
SMIRNOV: No necesito el dinero pasado mañana, sino hoy.
ELENA IVÁNOVNA: Perdóneme; hoy no puedo pagarle.
SMIRNOV: Y yo no puedo esperar hasta pasado mañana.
ELENA IVÁNOVNA: Pero, ¡qué voy a hacer si hoy no tengo! SMIRNOV: ¿Entonces no puede pagar?
ELENA IVÁNOVNA: No puedo...
SMIRNOV: ¡Hum!... ¿Es su última palabra?
ELENA IVÁNOVNA: La última. ,
SMIRNOV: ¿La última? ¿Definitivamente?
ELENA IVÁNOVNA: Definitivamente.
SMIRNOV: Muchas gracias. Tomo nota. (Se encoge de hombros.) ¡Y después quieren que yo conserve la sangre fría! Acabo de encontrarme en el camino con el recaudador fiscal, quien me. preguntó: "Pero, ¿por qué está usted siempre enojado, Grigori Stiepánovich?" Dígame, por favor, ¿cómo no me voy a enojar? Necesito ese dinero a muerte... Ayer salí de mi casa apenas aclaró, visité a todos mis deudores, ¡y no hubo siquiera uno que pagara su deuda! Me cansé como un perro. Dormí el diablo sabe dónde, en el figón de un judío, al lado de un barril de vodka... Por fin, después de hacer setenta kilómetros llego acá, esperando cobrar, ¡y me reciben con estados de ánimo! ¿Cómo no voy a enojarme?
ELENA IVÁNOVNA: Me parece que se lo he dicho bien claro: en cuanto mi administrador regrese de la ciudad, usted cobrará.
SMIRNOV: ¡No he venido a ver a su administrador, sino a usted! ¡Para qué diablos, con perdón de la palabra, necesito yo a su administrador?
ELENA IVÁNOVNA: Perdóneme, caballero, no estoy acostumbrada a esas insólitas expresiones ni a ese tono. No lo escucho más. (Sale rápidamente. )

V
SMIRNOV, solo
SMIRNOV: ¡Dígame, por favor! ¡Estado de ánimo!... ¡ -lace ya siete meses que murió su marido! Pero yo, ¿tengo que pagar los intereses o no? Le pregunto: ¿hay que pagar los intereses o no? Está bien, se le murió su esposo, el estado de ánimo y todas esas tretas. l administrador se ha ido a qué sé yo dónde, que el diablo lo lleve, y yo, ¿qué quiere que haga? ¿Escapar de mis acreedores volando en globo, o qué? ¿O salir corriendo y estrellarme la cabeZa contra la pared? Voy a ver a Grusdiev, no está en casa. Iaroshévich se esconde. Con Kurisín me he peleado hasta la muerte y casi lo eché por la ventana. La Masútov está enferma de cólera. Y ésta... ¡el estado de ánimo! ¡Ni un solo canalla me paga y todo porque los mimé demasiado, porque soy un trapo, una mujercita! ¡Soy demasiado delicado con ellos! Pero esperen, ¡ya van a ver quién soy! ¡No permitiré que se juegue conmigo! ¡Al diablo! ¡De aquí no me muevo hasta que no me pague! ¡Brrr!... ¡Qué furioso estoy! ¡De la ira me tiemblan las coyunturas y se me corta la respiración!... ¡Uff, Dios mío, hasta me dan vértigos! ¡MoZo!

VI
SMIRNOV y Una LUKÁ: (Entrando.) ¿Qué quiere?
SMIRNOV: ¡Tráeme refresco o agua! (Luká sale.) Pero, ¡qué lógica! Uno necesita el dinero, está por ahorcarse, y ella no paga porque, fíjense, "no se siente dispuesta a ocuparse de asuntos de dinero..." ¡Una verdadera lógica de mujer, lógica de faldas. Justamente por eso nunca me gustó ni me gustará hablar con mujeres. Me es más fácil permanecer sentado sobre un barril de pólvora que hablar una mujer... ¡Brrr! A tal punto me han enfurecido esas faldas, que me dan escalofríos. Me basta ver de lejos a una de esas poéticas criaturas para que de rabia `me den calambres en las pantorrillas. Soy capaz e ponerme a gritar y pedir socorro...
VII
SMIRNOV y LUKÁ
LUKÁ: (Entra con un vaso de agua.) La señora está enferma y no recibe.
SMIRNOV: ¡Véte! (Luká sale.) ¡Está enferma y no recibe! Ni falta que hace... Aquí me quedo sentado hasta que me devuelvas el dinero. ¿Vas a estar enferma una semana? Aquí me quedo una semana... ¿Estarás enferma un año? Pues yo, aquí un año... Cobraré lo mío, queridita... No me vas a conmover con el luto y con los hoyuelos en las mejillas... Ya conocemos estos hoyuelitos... (Grita, a la ventana.) ¡Semión, desengancha, por ahora no nos vamos! ¡Me quedo aquí! ¡Diles en el establo que den avena a los caballos. ¡Animal!, otra vez el de la iZquierda se te enredó con las riendas! (Lo remeda.) "No es nada..." ¡Te voy a dar no es nada! (Se aparta de la ventana.) Malo, malo... l calor es insoportable, nadie paga, pasé mala noche, y ahora, para colmo, ¡esa faldas negras con su estado de ánimo! Me duele la cabeza... ¿Qué hago, tomo vodka? A lo mejor... (Grita.) ¡Mozo!
LUKÁ: (Entrando.) ¿Qué quiere?
SMIRNOV: Dame una copita de vodka. (Luká sale.) ¡Uff! (Se sienta y se examina.) ¡Esto sí que se llama figura! Todo lleno de polvo, las botas sucias, sin lavar y sin peinar... A lo mejor esa señora me tomó por un bandido... (Bosteza.) Es un poquito falta de educación el presentarse así en una sala... Pero no importa... No estoy aquí en calidad de visitante, sino de acreedor, y para los acreedores el traje no está prescrito...
LUKÁ: (Entra y sirve vodka.) Es mucho lo que usted se permite, señor...
SMIRNOV: (Enojado.) ¿Qué?
LUKÁ: Yo... nada... yo... en realidad
SMIRNOV: ¿Con quién estás hablando? ¡Cállate!
LUKA: (Para sí.) ¡Nos cayó el diablo encima!... ¡Qué desgracia lo ha traído!...
Luká sale
SMIRNOV: ¡Oh, qué furioso estoy! ¡Tan furioso que me parece que podría reducir a polvo el mundo estero!... ¡Hasta me dan vértigos!... (Grita.) ¡Mozo!

VIII
ELENA IVÁNOVNA y SMIRNOV.
ELENA IVÁNOVNA: (Entra con la vista baja.) Distinguido señor, en mi soledad ya hace tiempo que me he deshabituado a oír la voz humana, y no soporto los gritos. Le pido categóricamente que no perturbe mi tranquilidad.
SMIRNOV: Págueme mi dinero y me voy.
ELENA IVÁNOVNA: Le he dicho en idioma ruso, que ahora no tengo el dinero disponible. Espere hasta pasado mañana.
SMIRNOV: Y yo también le he dicho en idioma ruso que necesito dinero, no pasado mañana, sino hoy. Si no me paga hoy, mañana tendré que ahorcarme.
ELENA IVÁNOVNA: Pero, ¿qué voy a hacer si no tengo dinero? ¡Qué cosa!
SMIRNOV: ¿Entonces no me pagará ahora? ¿No?
ELENA IVÁNOVNA: No puedo...
SMIRNOV: En este caso me estaré aquí sentado hasta que cobre... (Se sienta.) ¿Me va a pagar pasado mañana? ¡Excelente! Me quedaré así sentado hasta pasado mañana. ¡Así, sentado!... (Se levanta de un salta.) Yo le pregunto: ¿tengo que pagar mañana los intereses o no?... ¿O usted cree que estoy hablando en broma?
ELENA IVÁNOVNA: ¡Distinguido señor, le pido que no grite! ¡Esto no es un establo!
SMIRNOV: Yo no le pregunto de establos, sino si tengo que pagar mañana los intereses o no.
ELENA IVÁNOVNA: ¡Usted no sabe comportarse delante de damas!
SMIRNOV: ¡Sí que sé comportarme delante de damas!
ELENA IVÁNOVNA: (Exclama.) ¡No, no sabe! ¡Usted es un mal educado, un bruto! La gente decente no habla en esa forma con una dama.
SMIRNOV: ¡Ah, qué cosa! ¿Cómo quiere que le hable, entonces? ¿En francés o qué? (Con rabia, imitando el hablar remilgado.) "Madame, je vous prie... " ¡Qué feliz me siento de que usted no me pague!... ¡Ah, pardon por haberla molestado!... ¡Qué lindo tiempo el de hoy! ¡Ese luto le queda tan bien! (Le hace una reverencia militar.)
ELENA IVANOVNA: No tiene ninguna gracia y es grosero.
SMIRNOV: (La remeda.) ¡"No tiene ninguna gracia y es grosero"! No sé comportarme delante de damas! ¡Señora, he visto yo más mujeres en mi vida que usted gorriones! Tres veces me batí en duelo por mujeres! ¡Doce mujeres he abandonado yo! ¡Nueve me abandonaron a mí! ¡Ni más ni menos! Hubo un tiempo en que hacia el majadero, era pura miel, salían perlas de mi boca, les hacía reverencias, amaba, sufría, suspiraba mirando la luna, me derretía, me quedaba frío... Amaba con pasión, rabiosamente en todas las formas, ¡que el diablo me lleve! Parloteaba como un papagayo sobre la emancipación femenina, dilapidé media fortuna a causa de mis tiernos sentimientos, pero ahora... "su humilde servidor"... ¡Ahora no me van a engañar! ¡Basta! ¡Ojos negros, ojos apasionados, labios rojos, hoyuelos en las mejillas, la luna, el murmullo... tímidos suspiros!... Por todo esto, señora mía, ¡ya no doy ni un cuarto! No me refiero a los presentes, pero todas las mujeres sin excepción son unas remilgadas, unas chismosas, unas rencorosas, mentirosas hasta la médula, mezquinas, malas, de lógica irritante, y , en lo que respecta a esto (Se señala la cabeza), perdóneme la franqueza, cualquier gorrión puede darle puntos de ventaja al mejor filósofo con faldas. Contemplas a una de esas poéticas criaturas: gasa... éter... semidiosa... un millón de encantos... Pero, si le miras el alma, un cocodrilo vulgar y silvestre. (De rabia, agarra por el respaldo una silla, que cruje y se rompe.) ¡Pero lo más indignante de todo es que este cocodrilo, vaya a saber por qué, se imagina que es un chef d' oeuvre, que las emociones tiernas son su privilegio y monopolio! ¡Pero, qué diablos, que me cuelguen de un clavo cabeza abajo si la mujer sabe querer a alguien, como no sea a sus perritos falderos! ¡En el amor no sabe hacer otra cosa que lloriquear y quejarse! ¡Allí donde el hombre sufre y se sacrifica, todo el amor de ella se expresa solamente en el menearse de la cola de su vestido y en cómo trata de atraparnos por la nariz lo más fuerte que puede!
Usted tiene la desgracia de ser una mujer, de modo que conoce por sí misma la naturaleza femenina. Dígame entonces de corazón: ¿ha visto en toda su vida una mujer que sea sincera, fiel y constante? ¡No, no la ha visto! Fieles y constantes, sólo lo son las viejas y las feas. Más fácil le será encontrar una gata con cuernos o un cuervo blanco que una mujer constante.
ELENA IVÁNOVNA: Permítame. Entonces, a su juicio, ¿quién es fiel y constante en el amor? ¿El hombre?
SMIRNOV: ¡Claro que el hombre!
ELENA IVÁNOVNA: ¡El hombre! (Ríe sarcásticamente.) ¡El hombre, fiel y constante en el amor! ¡Qué novedad! (Con calor) Pero, ¿qué derecho tiene usted a decir semejante cosa? ¡Los hombres, fieles y constantes! Ya que estamos en eso, le diré que de todos los hombres que he conocido y conozco, el mejor de todos era mi difunto esposo... Lo quería apasionadamente, con todo mi ser, como sólo puede querer una mujer joven, inteligente; le di mi felicidad, mi juventud, mi vida, toda mi fortuna... Respiraba con él, lo hice mi dios, como una pagana, y... y, ¿qué? Él, el mejor de los hombres, me engañaba a cada paso en la forma mas vergonzosa. Después de su muerte encontré en su escritorio un cajón lleno de cartas de amor, y durante su vida -¡me da horror el solo recordarlo!- me dejaba sola durante semanas enteras, les hacía la corte a otras mujeres ante mis propios ojos, me engañaba, derrochaba mi dinero, se reía de mis sentimientos... Y, a pesar de todo eso, yo lo quería y le era fiel... Más aún: él ha muerto, pero todavía le soy fiel y constante. Me enterré para siempre entre cuatro paredes y no me quitaré el luto hasta la tumba...
SMIRNOV: (Risa despectiva.) ¡Luto!... No sé por quién me toma usted. ¡Como si yo no supiera por qué usa usted ese dominó negro y se entierra entre sus cuatro paredes! Pero, claro, ¡es tan misterioso, tan poético! Pasará por su finca algún cadete o poetastro, mirará la ventana y pensará: "Aquí
Vive la misteriosa Namara, que por amor a su esposo se enterró entre cuatro paredes" ¡Ya conocemos esos trucos!
ELENA IVÁNOVNA: (Enrojeciendo.) ¿Qué? ¿Cómo se atreve usted a decirme eso?
SMIRNOV: Usted se enterró viva y sin embargo no olvidó de empolvarse.
ELENA IVÁNOVNA: Pero, ¿cómo se atreve usted a hablar conmigo en esa forma?
SMIRNOV: No grite, por favor. No soy su administrador. Permítame llamar las cosas por su nombre. No soy mujer y estoy acostumbrado a decir mis opiniones sin rodeos... ¡Así que no grite!
ELENA IVÁNOVNA: Yo no grito. ¡Usted es el que grita! Sírvase dejarme en paz.
SMIRNOV: Déme mi dinero y me voy.
ELENA IVÁNOVNA: NO Se lo doy.
SMIRNOV: Sí que me lo dará.
ELENA IVÁNOVNA: Pues, para que rabie, no recibirá ni un céntimo. Puede dejarme en paz.
SMIRNOV: No tengo el placer de ser ni su esposo ni su novio. Así que, por favor, no me haga escenas. (Se sienta.) No me gustan.
ELENA IVÁNOVNA: (Ahogándose de rabia.) ¿Se sienta usted? SMIRNOV: Sí, me siento.
ELENA IVÁNOVNA: ¡Le pido que se retire!
SMIRNOV: Devuélvame el dinero... (Para sí.) ¡Uff, que furioso estoy, qué furioso!
ELENA IVÁNOVNA: ¡No quiero hablar con descarados! ¡Sírvase mandarse a mudar! (Pausa.) ¿No se va? ¿No?
SMIRNOV: No
ELENA IVÁNOVNA: Entonces, bien. (Toca el timbre.)

IX
Dichos y LUKA ELENA IVÁNOVNA: ¡Luká, haz salir al señor!
LUKÁ: (Se acerca a Smirnov.) Señor, haga el favor de marcharse cuando se lo dicen. Aquí no tiene nada que...
SMIRNOV: (Salta.) ¡Cállate! ¿Con quién estás hablando? ¡Haré de ti una ensalada!
LUKA: (Llevándose las manos al corazón.) ¡Dios mío y todos los santos! (Se desploma en un sillón.) ¡Ay, me siento mal, mal! ¡Se me cortó la respiración!
ELENA IVÁNOVNA: Pero, ¿dónde está Dasha? (Grita.) ¡Dacha! ¡Pelagucia! ¡Dasha! (Toca el timbre.)
LUKÁ: Todos se han ido a buscar frutos silvestres... No hay nadie en casa... Me siento mal... Agua...
ELENA IVÁNOVNA: ¡Sírvase mandarse mudar!
SMIRNOV: ¿No querría usted ser más cortés?
ELENA IVÁNOVNA: (Aprieta los puños y patalea.) ¡Usted es un palurdo, un oso bruto, un bribón, un monstruo!
SMIRNOV: ¿Cómo? ¿Qué ha dicho?
ELENA IVÁNOVNA: ¡He dicho que usted es un oso, un monstruo!
SMIRNOV: (Encarándose con ella.) ¡Permítame! ¿Qué derecho tiene usted a ofenderme?
ELENA IVANOVNA: Sí, lo ofendo… ¿Y qué? ¿Cree que le tengo
SMIRNOV: ¿Y usted cree que por el hecho de ser una "criatura poética" tiene derecho a ofender impunemente? ¿Sí, eh? ¡En guardia!
LUKÁ: ¡Padre mío y todos los santos!... ¡Agua!
SMIRNOV: ¡Vamos a batirnos!
ELENA IVÁNOVNA: ¿Porque usted tiene puños Fuertes y los pilmones de un buey cree que le tengo miedo? ¿Eh? ¡Bribón!
SMIRNOV: ¡En guardia! No permito que nadie me ofenda, y me tiene sin cuidado que usted sea una mujer, un ser débil.
ELENA IVÁNOVNA: (Tratando de gritar más fuerte.) ¡Oso, oso, oso!
SMIRNOV: ¡Ya es hora de deshacerse de esos prejuicios de que sólo los hombres están obligados a rendir cuenta de sus ofensas! Si hablamos de igualdad de derechos, entonces, venga igualdad, ¡con todos los diablos! ¡En guardia!
ELENA IVÁNOVNA: ¿Quiere que nos batamos? ¡Con mucho gusto!
SMIRNOV: ¡Ahora mismo!
ELENA IVÁNOVNA: ¡Ahora mismo! En casa han quedado saliendo las pistolas de mi esposo... En seguida las traigo o meteré una apresuradamente y se detiene.) ¡Con qué placer meteré una bala en su cabeza de piedra, con todos los diablos! (Sale.)
SMIRNOV: ¡La mataré como a una gallina! ¡No soy un chiquillo ni cachorro sentimental! ¡Para mi no existen criaturas débiles!
LUKA: ¡Señor mío!... (Se arrodilla.) ¡Hazme el favor, ten piedad de mí, de este viejo! ¡Véte de aquí! ¡Me has asustado a muerte y ahora encima quieres batirte!
SMIRNOV: (Sin escucharlo.) ¡Batirse! ¡Esto sí que es igualdad, la emancipación! ¡aquí los dos sexos son iguales! La voy a matar por principio! Pero, ¡qué mujer! (Imitándola.) "¡Con todos los diablos! ¡Meteré una bala en su cabeza de piedra!..." ¡Qué mujer! ¡Enrojece, los ojos le brillan!... ¡Acepta el reto! ¡Palabra de honor, la primera vez en mi vida que veo una mujer así!...
LUKA: ¡Señor mío, vete y rezaré por ti eternamente!
SMIRNOV: ¡Esta sí que es una mujer! ¡Eso sí que lo entiendo! ¡Una verdadera mujer! No es una cosa fofa, sino fuego, pólvora, cohete! ¡Hasta da lástima matarla!
LUKA: (Llorando.) ¡Señor, padre mío, vete!
SMIRNOV: Decididamente me gusta. ¡Decididamente! Aunque tenga hoyuelos en las mejillas, me gusta. Hasta soy capaz de perdonarle la deuda... Y la rabia se me ha pasado... ¡Estupenda mujer!

X
Dichos y la SRA. POPOVA
ELENA [IVÁNOVNA: (Entra con las pistolas.) Aquí están las pistolas... Pero, antes de batirnos, sírvase enseñarme cómo hay que hacer para tirar. Nunca en mi vida he tenido en la marro una pistola.
LUKA: ¡Dios mío, sálvanos y perdónanos!... Voy a buscar al jardinero y al cochero... ¡De dónde nos habrá caído encima esta desgracia! (Sale.)
SMIRNOV: (Examinando las pistolas.) Mire... Existen... varias clases de pistolas... Hay las pistolas especiales de Mortimer, de cápsulas. Estas suyas son pistolas de Smith y Wesson, de triple acción, con extractor, tiro al centro... ¡Magníficas pistolas!... ¡Cuestan por lo menos noventa rublos el par! La pistola hay que tenerla así... (Para sí.) ¡Qué ojos, qué ojos! ¡Es una mujer incendiaria!
ELENA IVÁNOVNA: ¿Así?
SMIRNOV: Sí, así... Después usted levanta el gatillo... apunta así... ¡La cabeza un poco para atrás! Estira bien la mano... Así... Después con el pulgar aprieta esta cosita, y nada más.. Pero lo principal es no ponerse nerviosa y apuntar sin prisa... Tratar de que la mano no tiemble...
ELENA IVÁNOVNA: Bien... Es incómodo batirse dentro de la habitación. Vayamos al jardín.
SMIRNOV: Vamos. Pero sepa que tiraré al aire.
ELENA IVÁNOVNA: ¡Lo único que faltaba! ¡Por qué?
SMIRNOV: ¿Por qué?... Porque... Eso es asunto mío!
ELENA IVÁNOVNA: Se ha acobardado, ¿no? ¡Aaah! ¡No, señor mío, no ande dando vueltas! ¡Sírvase seguirme! No me quedaré tranquila hasta que le parta la-cabeza... ¡Esa cabeza que odio tanto! ¿Se ha acobardado?
SMIRNOV: Sí, me he acobardado.
ELENA IVÁNOVNA: ¡Miente! ¿Por qué no quiere batirse?
SMIRNOV: Porque... porque... Porque usted me gusta.
ELENA IVÁNOVNA: (Risa sarcástica.) ¡Que yo le gusto! ¡Y se atreve a decir que le gusto! (Señala la puerta.) Tenga la bondad.
SMIRNOV: (Callado, deja la pistola sobre la mesa, toma su sombrero e inicia el mutis; en la puerta se detiene. Durante medio minuto ambos guardan silencio, mirándose el uno al otro; después, con pasos indecisos, se acerca a la señora Popova.) Escúcheme... ¿Está usted enojada todavía?... Yo también estoy diabólicamente furioso; pero comprenda... no sé cómo expresarlo... el caso es que... vea... es una historia, por decirlo así... (Grita.) ¿Tengo yo la culpa de que usted me guste? (Agarra el respaldo de una silla; la silla cruje y se rompe.) ¡Al diablo, qué muebles más frágiles los suyos!. ¡Usted me gusta! Yo... yo estoy casi enamorado.
ELENA IVÁNOVNA: Apártese de mí. ¡Lo detesto!
SMIRNOV: ¡Dios mío, qué mujer! ¡Nunca en mi vida he visto algo parecido. Soy hombre perdido, aniquilado. Caí en la trampa como una laucha.
ELENA IVÁNOVNA: ¡Apártese o tiro!
SMIRNOV: ¡Tire! ¡Usted no puede saber qué dicha será morir bajo la mirada de esos divinos ojos, morir de una bala disparada por esa aterciopelada manita!... ¡Me he vuelto loco! ¡Piénselo y decídase en seguida, porque si salgo de aquí no nos veremos nunca más! ¡Decídase!... Soy noble, un hombre decente, tengo una renta anual de diez mil... perforo en el centro una moneda tirada al aire, tengo excelentes caballos... ¿Quiere ser mi mujer?
ELENA IVÁNOVNA: (Indignada, agita la pistola.) ¡Batirse! ¡En guardia!
SMIRNOV: Estoy loco... No entiendo nada (Grita.) ¡Mozo, agua!
ELENA IVÁNOVNA: (Grita.) ¡En guardia!
SMIRNOV: ¡I le enloquecido, me he enamorado corno un chiquillo, como un tonto! (Oprime la mano de ella, que grita de dolor. ) ¡Yo la quiero! (Se arrodilla.) ¡Quiero corno nunca he querido! ¡He abandonado a doce mujeres, nueve me abandonaron a mí, pero a ninguna he querido tanto como a usted!... Perdí el orgullo... ¡Estoy arrodillado como un tonto, pidiendo su mano!... ¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza! Hace cinco años que mo me enamoro. Lo había jurado. Y de pronto me enamoro como un cretino... ¡Yo pidiendo su mano! (A ella.) ¿Sí o no? ¿No quiere? ¡Ni hace falta! (Se levanta y va rápidamente hacia la puerta.)
ELENA IVÁNOVNA: Espere...
SMIRNOV: (Se detiene.) ¿Y?
ELENA IVÁNOVNA: No es nada. Váyase... Pero, espere... ¡No, váyase, váyase! ¡Lo detesto! No... No se vaya... ¡Ah, si usted supiera qué rabiosa estoy, qué rabiosa! (Tira el revólver sobre la mesa.) Se me han dormido los dedos con esa porquería. (De rabia rasga su pañuelo.) ¿Por qué no se va? ¡Fuera!
SMIRNOV: Adiós.
ELENA IVANOVNA: Sí, sí, váyase... (Grita.) Pero, ¿adónde va? ¡Espere! Será mejor que se vaya. ¡Ah, qué rabiosa estoy! No se acerque, no se acerque... ¡Retírese...!
SMIRNOV: (Acercándose a ella.) ¡Qué rabia me tengo! Me enamoré como un colegial, me puse de rodillas... ¡Hasta me da escalofríos! (Brusco.) ¡La quiero! ¡Maldita la necesidad que tenía de enamorarme de usted! Mañana tendré que pagar los intereses, ha comenzado la siega, y ¡zas, usted!... (La toma por la cintura.) Nunca me lo perdonaré...
ELENA IVÁNOVNA: ¡Apártese! ¡Fuera esas manos! Yo lo... de-testo! ¡En guardia! (Largo beso.)

XI
Dichos, LUKA con un hacha, EL, JARDINERO con el rastrillo,
EL COCHERO con una horquilla y los peones armados de palos
LUKÁ: (Al ver a la pareja besándose.) ¡Dios mío! (Pausa.)
ELENA IVÁNOVNA: (Bajando los ojos.) Luká, dí allí en el establo que hoy no le den nada de avena a Toby.

TELÓN

sábado, agosto 05, 2006

"JUGUETE CÓMICO"


JUGUETE CÓMICO
(EN UN ACTO)





ANTON CHEJOV


PERSONAJES


ANDREI ANDREEVICH SCHIPUCHIN-
Director de la banca Sociedad Mutual de Crédito de N... Hombre relativamente joven y con monóculo.

TATIANA ALEKSEEVNA
-Su mujer: de veinticinco años.


KUSMA NIKOLAEVICH JIRIN –
Contable en el Banco. Un viejo.

NASTASIA FEDOROVNA MERCHUTKINA-
Vieja vestida con un salop.

Los directivos del Banco.

Los empleados del mismo.



La acción tiene lugar en el local de la Mutual de Crédito, de N
























Acto único



Despacho del director. A la izquierda, una puerta abre sobre las salas de empleados. Hay dos mesas de escritorio. En el aderezo de la estancia se aprecian pretensiones a un lujo refinado: muebles tapizados de terciopelo, flores, estatuas, alfombras, teléfono... Es el mediodía. En la escena, y calzado con unos «valenkii» (está solo JIRIN

JIRIN.-(A gritos, y asomando la cabeza por la puerta.) ¡Diga que compren en la farmacia quince «kopeikas» de gotas de valeriana y que traigan también al despacho del director agua fresca!... ¡Hay que decírselo cien veces!
(Yendo hacia la mesa.)
¡Estoy rendido completamente!... ¡Ya son tres días y tres noches las que llevo escribiendo, y sin pegar los ojos!... ¡La mañana y la tarde me las paso aquí, escribe que te escribe, y la noche, tosiendo en casa!... (Tose.) ¡Y ahora, por añadidura, siento todo el cuerpo congestionado!...
¡Tengo temblor..., calor..., tos..., dolor de piernas y como unas chispas en los ojos!... (Se sienta.) Nuestro director..., ese granuja..., ese pamplinoso..., se dispone a leer hoy en la junta la Memoria de este título: «Nuestro Banco en el presente y en el porvenir»... ¡Vaya Gambetta que está hecho!... Dos...,uno..., uno..., seis..., cero..., siete... ¡Lo que quiere... (seis..., cero..., uno..., seis...) es echar polvo a los ojos mientras yo tengo que estarme aquí sentado, trabajando para él como un presidiario!... ¡En su
Memoria no hace más que poesía..., y yo mientras..., que le lleve el diablo, trabaja que te trabaja en el ábaco!... (Haciendo chasquear este.) ¡No le puedo sufrir!... (Escribiendo.)
¿Entonces era?... uno..., tres..., siete..., dos..., uno..., cero... Prometió recompensarme por mi trabajo... Prometió que si hoy transcurría todo bien y lograba embaucar al público, me daría un dije de oro y trescientos rublos en metálico... Veremos si es verdad...
(Escribe.)
Eso sí..., si resulta que he estado trabajando en balde..., no te enfades, hermano, entonces... Soy un hombre colérico, y cuando me acaloro..., sería capaz de llegar hasta el crimen... ¡Sí!... (De detrás del escenario llega el sonido de unos aplausos Y un ligero barullo.)

LA VOZ DE SCHIPUCHIN.-«¡Gracias! ¡Muchas gracias! ¡Estoy emocionado!»...
(Entra SCHIPUCHIN. Viene vestido de frack y corbata blanca, y sostiene entre las manos el álbum que acaba de serle ofrecido.)

SCHIPUCHIN.(Deteniéndose en el umbral y dirigiéndose a la sala de empleados.)¡Este obsequio suyo, queridos subordinados, será conservado por mí hasta la misma muerte y constituirá el recuerdo de los días más felices de mi vida!... ¡Sí..., muy señores míos!... ¡Una vez más les doy las gracias!
(Envía un beso ante sí y se vuelve hacia JIRIN.)
¡Mi querido..., mi apreciadísimo
Kusma Nikolaevich!... (Durante el tiempo que permanece en el escenario, entran, de cuando en cuando, empleados con papeles para la firma.)

JIRIN.(Levantándose.) Tengo el honor de felicitarle, Andrei Andreevich, en el decimoquinto aniversario de la fundación de nuestro Banco y de desearle...

SCHIPUCHIN.-
(Estrechándole fuertemente la mano.)
¡Gracias, querido mío...¡Gracias!... ¡En un día tan célebre como el de hoy, en el día del aniversario, creo que podemos besarnos!
(Se besan.)
¡Estoy muy, muy contento! ¡Gracias por su trabajo! ¡Gracias por todo! ¡Por todo!... ¡Si mientras tuve el honor de ocupar la dirección de este Banco hice algo útil, se lo debo, principalmente, a mis compañeros!... ¡Sí!... ¡Son quince años! ¡Quince años!...
(En tono vivo.)
Y mi Memoria..., ¿qué tal va? ¿Sigue adelantando?

JIRIN.-Sí. Solo faltan ya unas cinco páginas.

SCHIPUCHIN.¡Magnífico! ¿Estará, entonces, preparada a eso de las tres?...

JIRIN.-Si no viene nadie a molestar, la terminaré, en efecto. Lo que queda es ya una insignificancia.

SCHIPUCHIN.-¡Magnífico! ¡Magnífico!... ¡La junta es a las cuatro, así que, por favor, querido!... ¿A ver?... Déme la primera mitad, que voy a repasarla...Démela pronto... En esta Memoria tengo puestas grandes esperanzas.
(Cogiéndola.)
Es mi «professión de foi» o, mejor dicho, «mis fuegos artificiales»...
(Se sienta y empieza a leer para sí.)
A todo esto, me siento terriblemente cansado. Anoche me dio un ataque de gota, y después tuve que pasarme toda
la mañana de aquí para allá, ocupado en una porción de cosas. Luego, el nerviosismo..., las ovaciones..., la agitación... ¡Estoy fatigado!

JIRIN.-Dos..., cero..., cero..., tres..., nueve..., dos..., cero... Esta cantidad de cifras me nubla los ojos. Tres..., uno..., seis..., cuatro..., uno..., cinco...
(Hace chasquear el ábaco.)

SCHIPUCHIN.- ¡También otra contrariedad!...
Hoy por la mañana vino a verme su señora y volvió a quejarse de usted... Me dijo que ayer, anochecido, estuvo usted persiguiendo a ella y a su cuñada con un cuchillo... ¡Kusma Nikolaich! ¡Esto ya es demasiado!

JIRIN.- (En tono severo.)
Me atrevo, Andrei Andreich, teniendo en cuenta el aniversario, a dirigirme a usted con un ruego. Le pido, aunque solos en atención a mi trabajo de presidiario, que no se mezcle en mi vida familiar. ¡Se lo ruego!

SCHIPUCHIN.- (Suspirando.)
¡Qué carácter tan insoportable el suyo, Kusma Nikolaich!... ¡Es usted una persona excelente..., respetable..., pero con las mujeres se comporta usted como un «Jack»!... ¡Es verdad!... ¡No comprendo por qué les tiene usted ese odio!...

JIRIN.- ¡Y yo no comprendo por qué usted las quiere tanto!
(Pausa.)

SCHIPUCHIN.-Los empleados acaban de obsequiarme con un álbum, y la directiva del Banco, según he oído decir, piensa ofrecerme un pergamino y un jarrón de plata... (Jugando con el monóculo.)
No está mal... No está de más... Para el prestigio del Banco, qué diablo, es necesaria cierta pompa... Aquí es usted uno de los nuestros, y es natural que lo sepa todo... Este pergamino ha sido compuesto por mí..., como igualmente he sido yo quien compró el
jarrón de plata... También la encuadernación del pergamino costó cuarenta y cinco rublos; pero, sin embargo, son cosas de las que no se puede prescindir... A ellos solos no se les hubiera ocurrido. (Mirando a su alrededor.) Pues ¿y el aderezo de este despacho?... Todos dicen que soy mezquino..., que me basta con que reluzcan las cerraduras de las puertas, con que los empleados lleven corbatas a la moda y con que a la entrada haya un portero gordo... ¡Pues no, señores míos!... ¡Ni el brillo de las cerraduras de las puertas ni el portero gordo son pequeñeces!... En mi casa puedo ser un modesto burgués. Comer y dormir como los cerdos, emborracharme...



JIRIN.-Le ruego suprima las indirectas.

SCHIPUCHIN.-No estoy diciendo ninguna indirecta... ¡Qué carácter más insoportable tiene usted!... Pues, como le iba diciendo...; en mi casa puedo ser un modesto burgués y obedecer a mis costumbres, pero aquí todo tiene que ser «en grande»... ¡Esto es un Banco!... ¡Aquí el menor detalle tiene que imponer!... ¡Que tener, digamos, un aspecto solemne!
(Recogiendo del suelo un papelito y tirándolo a la chimenea.)
Mi mérito está, precisamente, en haber elevado a gran altura el prestigio del Banco... El «tono» es asunto de suma importancia.
(Examinando a JIRIN)
¡Querido mío!... ¡De un momento a otro puede presentarse aquí la Comisión de Directivos, y usted ahí, con los «valenkii» puestos, esa bufanda y esa americana de no se sabe qué color!... ¡Podía haberse vestido de frac o, por lo menos, llevar una levita negra!

JIRIN.-Para mí la salud es más preciosa que todos sus dirigentes bancarios. Tengo el cuerpo congestionado.

SCHIPUCHIN.- (Agitado.) Pero ¡convenga usted en que introduce usted un desorden!
¡En que altera usted el conjunto!

JIRIN.-Si viene la Comisión, puedo esconderme... ¡Valiente cosa!
(Escribiendo.)
Siete..., uno..., siete..., dos..., uno.., cinco..., cero. Tampoco a mí me gusta el desorden... Siete..., dos..., nueve... (Haciendo chasquear el ábaco.) ¡Aborrezco el desorden!... ¡Qué bien haría usted no invitando al banquete de hoy a las señoras!

SCHIPUCHIN.- ¡Qué tonterías!

JIRIN.-Ya sé que para que resulte más «chic», llenará usted de ellas el salón... Pero ¡cuidado!... ¡Podrían estropearlo todo!... De ellas no puede esperarse más que daño y desorden.

SCHIPUCHIN.- ¡Todo lo contrario!... La presencia de las mujeres eleva el espíritu.

JIRIN.-¡Sí!, ¿eh?... Su esposa es una mujer instruida y, sin embargo, el lunes pasado dijo una cosa que me tuvo perplejo dos días... De pronto, y en presencia de extraños, pregunta: «¿Es verdad que mi marido compró muchas de las acciones del Banco Driajsko-Priajskii, que bajaron en la Bolsa?... ¡Mi marido..., ay..., está tan preocupado!»... Y todo delante de extraños... No comprendo por qué se confía usted tanto de ella... ¿Quiere ir a parar a los tribunales?

SCHIPUCHIN.-¡Bueno, basta ya!... ¡Todo eso en un día de aniversario es demasiado sombrío!... A propósito... Me lo ha recordado usted. (Consultando el reloj.) Mi cónyuge está para llegar. En realidad, debería haber ido a la estación a esperarla, pobrecilla; pero no tengo tiempo, y me encuentro cansado. A decir verdad, no me pone muy contento su venida. Quiero decir... Me alegro, sí, de que venga; pero me sería más agradable que se hubiera quedado con su madre un par de días más. Me exigirá que pase con ella esta tarde, cuando hoy, precisamente, teníamos organizada, para después de comer, una pequeña excursión. (Estremeciéndose.) ¡Vaya!... ¡Ya me empieza el temblor nervioso!... ¡Tengo los nervios en tal tensión que diríase les basta la menor tontería para echarse a llorar!... ¡No!... ¡Hay que ser fuerte! (Entra

TATIANA ALEKSEEVNA cubierta con un «waterproof» y llevando un saquillo de viaje colgado al hombro.) ¡Mira! ¡Si antes lo digo, antes aparece!

TATIANA ALEKSEEVNA-¡Querido! (Corre hacia su esposo. Largo beso.)

SCHIPUCHIN.-Estábamos, precisamente, hablando de ti. (Consulta el reloj.)

TATIANA ALEKSEEVNA.-(Con el aliento entrecortado.) ¿Triste sin mí? ¿Bien de salud? Yo todavía no he estado en casa. Me he venido aquí directamente de la estación. ¡Tengo muchas, muchas cosas que contarte! ¡No tengo paciencia para esperar!... No me quito nada, porque vengo sólo por un minuto.
(A JIRIN.)
¡Buenos días, Kusma Nikolaich! (A su marido.) ¿Y por casa? ¿Va todo bien?

SCHIPUCHIN.-Todo. En esta semana has engordado... Te has puesto más guapa.
Bueno, ¿y qué tal viaje has hecho?

TATIANA ALEKSEEVNA. Magnífico. Mamá y Katia te mandan recuerdos... Vasilii
Andreich me encargó te diera un beso... (Le besa.) La tía te envía un tarro de mermelada..., y todos están enfadados porque no les escribes. También Sina me encargó que te diera un beso. (Vuelve a besarle.) ¡Ay, si supieras lo que ha pasado!... ¡Lo que ha pasado!... ¡Hasta me da miedo contártelo!...
¡Ay, lo que ha pasado!... Pero ¡bueno, veo por tus ojos que no te alegra verme!...

SCHIPUCHIN.- ¡Todo lo contrario, querida!
(La besa. JIRIN. Tose con enfado.)

TATIANA ALEKSEEVNA.- (Suspirando.)
¡Ah!... ¡Pobre Katia!... ¡Pobre Katia!...¡Me da tanta lástima!... ¡Tanta lástima!...

SCHIPUCHIN.-Hoy, querida, celebramos aquí el aniversario... La Comisión de la Directiva va a entrar de un momento a otro, y tú estás sin vestir...

TATIANA ALEKSEEVNA.-¡Es verdad!... ¡El aniversario!... Les felicito, señores... Les deseo... ¿Entonces hoy habrá junta... y comida?... ¡Eso me gusta!...
¿Y aquella maravillosa Memoria..., recuerdas..., que tardaste tanto en escribir para la Directiva del Banco?... ¿Van a leértela hoy?
(JIRIN tose con enfado.)

SCHIPUCHIN.-(Azarado.) ¡Querida! ¡De eso no hay que hablar!... ¿Verdad?...
¿No sería mejor que te fueras a casa?

TATIANA ALEKSEEVNA. Ahora mismo. Ahora mismo... En un momento te lo cuento todo y me marcho... Te lo contaré todo desde el principio hasta el fin.
Pues verás... Recordarás que cuando me acompañaste me senté junto a aquella señora gorda y me puse a leer... No me gusta entablar conversaciones en el departamento del tren... Ya llevábamos pasadas tres estaciones, y yo seguía leyendo sin haber cruzado una palabra con nadie... Sin embargo, al llegar el anochecer, empezaron a dar vueltas en mi cabeza unos pensamientos ¡tan sombríos!... Frente a mí iba sentado un muchacho de bastante buen aspecto... Un moreno bastante guapo... El caso es que nos pusimos a charlar...; después se nos acercó un marino..., luego un estudiante... Yo les dije que no estaba casada..., ¡y qué galantería la de todos ellos!... Estuvimos charla que te charla hasta la misma medianoche... El moreno contaba unos chistes graciosísimos, y el marino se pasó todo el tiempo cantando... De tanto como reí, llegó a dolerme el pecho... Y cuando el marino se enteró, casualmente... (¡ay esos marinos!), de que me llamaba Tatiana...,,sabes lo que empezó a cantarme?...
(Canturreando con voz de bajo.)
« ¡Oneguin, no voy a ocultarlo!... ¡Amo locamente a Tatiana!» .
(Ríe. JIRIN tose con enfado.)

SCHIPUCHIN.-Con todo esto, Taniuscha, estamos molestando a Kusma Nikolaich. Vete a casa, querida.. Más tarde...

TATIANA ALEKSEEVNA.-¡Qué más da! ¡Qué más da!... ¡Que lo oiga él también! ¡Es muy interesante! ¡Ahora mismo acabo!... Pues verás... En la estación, donde había ido a esperarme Serioja, estaba también un muchacho..., parece ser que un inspector... Bastante bien..., guapito... Sobre todo, con bonitos ojos... Serioja me lo presentó y salimos juntos los tres. El tiempo era espléndido...

UNAS VOCES DETRÁS DEL ESCENARIO.- «¡No se puede! ¡No se puede!... ¿Qué desea usted?»...
(Entra MERCHUTKINA.)

MERCHUTKINA.-(En el umbral de la puerta y forcejeando con alguien.) ¿Por qué me sujetáis?... ¡Vaya!... ¡Tengo que hablarle hoy mismo!...
(Entrando y dirigiéndose a SCHIPUCHIN.)
¿Tengo el honor, excelencia?... Nastasia Fedorovna Merchutkina..., esposa del Secretario Regional.

SCHIPUCHIN.- ¿En qué puedo servirla?


MERCHUTKINA. Verá usted, excelencia. Mi marido, el Secretario Regional, Merchutkin, está hace cinco meses enfermo... Pues bien, mientras estaba en casa, siguiendo un tratamiento, le retiraron, sin motivo alguno... Y cuando yo, excelencia, fui a cobrar su sueldo, van ellos y me descuentan veinticuatro rubios con treinta y seis «kopeikas»... ¿Por qué razón?, me pregunto yo. ¡Porque cogía de la caja colectiva, me contestaron, y eran los demás compañeros los que tenían que responder por él!... ¿Y cómo puede ser eso?... ¿Cómo iba él a coger nada sin mi consentimiento?... ¡Eso es imposible, excelencia!... ¡Soy una pobre mujer! ¡No como más que de lo que saco con mis huéspedes!... ¡Soy débil! ¡Estoy indefensa! ¡No recibo más que ofensas, y no oigo una buena palabra de nadie!

SCHIPUCHIN.- ¿Me permite? (Coge la solicitud y, siempre de pie, la recorre con los ojos.)

TATIANA ALEKSEEVNA.-(A JIRIN.) Pero que tengo que contarlo desde el principio.
La semana pasada recibo un buen día carta de mamá... En ella me dice que un tal Grendilevskii ha pedido la mano de mi hermana Katia... Parece ser que se trata de un muchacho excelente, modesto, pero carente de medios económicos y sin situación definida... Para mayor desdicha, figúrese que también Katia se había enamorado de él... ¿Qué hacer en un caso así?...
Por eso me escribía mamá..., para que yo, sin pérdida de tiempo, viniera aquí a influir sobre Katia...

JIRIN.- (En tono severo.)
Perdone, pero me ha hecho confundirme... ¡Mamá..., Katia!... ¡Me ha hecho confundirme y ya no comprendo nada!

TATIANA ALEKSEEVNA-¡Pues sí que importa la cosa! ¡Cuando una señora le habla, debe usted escucharla!... ¿Por qué tiene hoy tan mal humor? ¿Está usted enamorado? (Ríe.)

SCHIPUCHIN.-(A MERCHUTKINA.) Pero ¿qué es todo esto?... No entiendo en absoluto.

TATIANA ALEKSEEVNA.¿Conque está usted enamorado?... ¡Ah..., ya se le ha subido el pavo!

SCHIPUCHIN.-(A su mujer.) ¡Taniuscha! ¡Querida!... ¡Sal un momento al pasillo! En seguida voy.

TATIANA ALEKSEEVNA.-¡Bueno!... (Sale.)

SCHIPUCHIN.-No entiendo nada de esto... Usted, señora, viene aquí equivocada...Esta solicitud, por lo que se deduce de su contenido, no nos corresponde a nosotros. Tenga la bondad de dirigirse a la institución donde trabajaba su marido.

MERCHUTKINA.-Mire, padrecito... He ido ya a cinco sitios y en ninguno me la han querido siquiera aceptar. Tenía ya perdida la cabeza cuando Boris Matveich, mi yerno, me aconsejó que viniera a verle a usted... «Tiene usted, mamaíta -me dijo- que dirigirse al señor Schipuchin. Es una persona de mucha influencia y podrá arreglárselo todo...» ¡Ayúdeme, excelencia!

SCHIPUCHIN.-Nosotros, señora Merchutkina, no podemos hacer nada por usted. ¡Compréndalo!... Su marido, por lo que he podido deducir, trabajaba en una institución médico-militar..., mientras que la nuestra es de carácter particular..., comercial... Esto es un Banco... ¿Cómo va, a ser posible que no lo comprenda?

MERCHUTKINA.-Excelencia... Tengo un certificado del médico que demuestra que mi marido estaba enfermo. Aquí lo tiene. Sírvase leerlo.

SCHIPUCHIN-(Ligeramente irritado.)
Magnífico... Lo creo, pero le repito que este asunto no tiene la menor relación con nosotros. (Tras el escenario resuena la risa de


TATIANA ALEKSEEVNA; luego, otra masculina. Con una ojeada a la puerta.) ¡Ya está ahí molestando a los empleados!
(A MERCHUTKINA.)
¡Resulta extraño y hasta ridículo! ¿Será posible que su marido no sepa a quien tiene que dirigirse?

MERCHUTKINA.¡Él no sabe nada, excelencia!... No hace más que decirme: «
¡Estas cosas a ti no te importan! ¡Largo de aquí!...» Y se acabó...

SCHIPUCHIN.-Le repito, señora, que su marido estaba empleado en una institución médico-militar..., y que esto es un Banco..., una empresa privada..., comercial...

MERCHUTKINA.-No digo que no...; no digo que no... Le comprendo, padrecito...Pero ¡en ese caso, excelencia, mande que me paguen por lo menos quince rublos!... ¡Me conformo con no cobrarlo todo de una vez!
SCHIPUCHIN.-(Suspirando)
¡Of!...
JIRIN.-Andrei Andreich... Así no terminaré nunca la Memoria.

SCHIPUCHIN.-Ahora mismo.
(A MERCHUTKINA.)
¡Es imposible hacerle a usted comprender!... ¡Entienda de una vez que dirigirse a nosotros con una solicitud de ese género es tan impropio como, por ejemplo, presentar una demanda de divorcio en una farmacia!
(Se oyen unos golpecitos en la puerta, y después la voz de TATIANA ALEKSEEVNA diciendo: «¿Se puede entrar?»... SCHIPUCHIN alza la voz.) ¡Espera, querida!... ¡Ahora mismo!... (A MERCHUTKINA.)
A usted, señora, no le han pagado, pero nosotros celebramos hoy aquí un aniversario y estamos ocupados... De un momento a otro puede entrar alguien...

MERCHUTKINA.-¡Tenga compasión de mí, pobre huérfana!... ¡Excelencia!... ¡Soy una mujer débil..., indefensa!... ¡Me faltan las fuerzas!... ¡Todo lo tengo que hacer yo!... ¡Los juicios con los huéspedes, los asuntos de mi marido y de mi casa..., y ahora, para colmo, mi yerno está sin trabajo!

SCHIPUCHIN.-Señora Merchutkina... ¡Yo!... No, perdón... ¡No puedo seguir hablando con usted!... ¡Hasta la cabeza me da vueltas!... ¡Nos molesta usted y pierde el tiempo en balde!...
(Aparte y suspirando.) ¡Vaya zoquete!...
(A JIRIN.)
¡Kusma Nikolaich! ¡Explíqueselo, por favor, a la señora Merchutkina!...
(Hace un gesto de impaciencia y entra en la sala de empleados.)

JIRIN.-(En tono severo.) ¿Qué se le ofrece?

MERCHUTKINA.-¡Soy una mujer débil..., indefensa!... ¡Quizá parezca fuerte, pero, si se me mira detenidamente, se verá que no hay en mí un tendoncito sano! Apenas si me sostienen los pies. ¡He perdido el apetito! ¡Hoy me he bebido el café sin pizca de ganas!


JIRIN.-Le estoy preguntando que qué se le ofrece, señora.

MERCHUTKINA-¡Mande, padrecito, que me paguen quince rublos!... ¡El resto, si quieren, pueden dármelo aunque sea dentro de un mes!

JIRIN.-Ya se le ha dicho a usted con toda claridad que esto es un Banco.

MERCHUTKINA.-Así será... Así será... Pero, si es necesario, puedo presentar un certificado del médico.

JIRIN.- ¿Eso que lleva usted sobre los hombros, es una cabeza o qué?

MERCHUTKINA.-
¡Lo que yo le pido, querido, es conforme a la ley!... ¡No quiero nada de nadie!

JIRIN.-Yo le pregunto: «Madame»..., ¿eso que lleva usted sobre los hombros, es o no es una cabeza?... ¡Qué diablos! ¡No tengo el tiempo para perderlo hablando con usted! ¡Estoy ocupado!
(Señalando a la puerta.)
¡Tenga la bondad!...

MERCHUTKINA.-(Asombrada.)
Y del dinero..., ¿qué?

JIRIN.- ¡En una palabra: que lo que lleva sobre los hombros no es una cabeza, sino... (Dando con el dedo unos golpecitos en la mesa y llevándoselo después a la frente) esto!

MERCHUTKINA.-
(Ofendida.)
¿Cómo?... ¡Vaya!... ¡Eso se lo haces, si quieres,
a tu mujer!... ¡Yo soy la esposa de un Secretario Regional..., conque cuidado conmigo!...

JIRIN.- (Acalorándose y con voz contenida.)
¡Fuera de aquí!

MERCHUTKINA- ¡Ojo! ¡Mira bien lo que haces!

JIRIN.- (Con voz estrangulada.) ¡Si no sales en este mismo instante, mandaré llamar al portero!... ¡Fuera!.. (Patalea.)

MIRCHUTKINA.-¡Nada, nada!... ¿Crees, acaso, que te tengo miedo?... ¡Valiente mamarracho!

JIRIN.-¡Me parece no haber conocido en toda la vida ser más repugnante!...
¡Uf!... ¡Si hasta se me ha subido la sangre a la cabeza!...
(Con respiración fatigosa.) ¡Otra vez te lo digo!... ¿Me oyes?... ¡Si no te marchas de aquí, vieja chocha..., te haré polvo!... ¡Tengo tal carácter, que podría llegar a dejarte inválida para toda la vida!... ¡Podría cometer un crimen!
MERCHUTKINA.¡Se te va la fuerza por la boca! ¡No te tengo miedo!... ¡Así que no he visto a otros como tú!

JIRIN.-(Con desesperación.) ¡No puedo soportar su presencia!... ¡Me encuentro mal!... ¡No puedo!... (Dirigiéndose a la mesa, se sienta ante ella.) ¡Han dejado que el Banco se llenara de mujeres y ya no hay manera de escribir la Memoria!... ¡Me es imposible!...

MERCHUTKINA.-¡No pido nada que no me pertenezca!... ¡Lo que pido es mío según la ley!... ¡Valiente desvergonzado!... ¡Estar dentro de una oficina y con los «valenkii» puestos!... ¡Mujik!... (Entran

SCHIPUCHIN y TATIANA ALEKSEEVNA.)

TATIANA ALEKSEEVNA.-(Que viene siguiendo a su marido.)
Fuimos a la fiesta de Berejnitzkii... Katia llevaba un vestido de «foulard» azul celeste, adornado de encaje fino y con el cuellecito descubierto. Le sentaba muy bien el peinado alto que yo misma le hice. ¡Después de peinada y de vestida, estaba hecha un encanto!...

SCHIPUCHIN.(Ya con jaqueca.) ¡Sí, sí!... ¡Un encanto!... ¡Pueden entrar, de un momento a otro!...
MERCHUTKINA.-¡Excelencia!...

SCHIPUCHIN.-
(Con voz apagada.)
¿Qué hay? ¿Qué desea?

MERCHUTKINA.-¡Excelencia! (Señalando a JIRIN con el dedo.) ¡A ese que se pegaba
en la frente y daba luego en la mesa, le había mandado usted que arreglara mi asunto y lo que hace es burlarse de mí!... ¡Soy una mujer débil..., indefensa!...

SCHIPUCHIN.-¡Bien, señora!... ¡Yo lo resolveré!... ¡Haré las gestiones necesarias; pero váyase! ¡Después!...
(Aparte.)
Siento venir el ataque de gota.

JIRIN.-(Acercándose a SCHIPUCHIN y bajando la voz.)
Andrei Andreich... Mande a buscar al portero y que la eche. ¡Es ya inaguantable!

SCHIPUCHIN.-(Asustado.)
¡No, no!...¡Se pondrá a chillar, y esta casa tiene muchos pisos!

MERCHUTKINA.- ¡Excelencia!

JIRIN.-(Con voz llorosa.)
Pero ¡yo tengo que escribir la Memoria! ¡No me quedará tiempo!
(Volviendo a la mesa.)
¡No puedo más!

MERCHUTKINA.-¡Excelencia!... ¿Cuándo voy a cobrar entonces el dinero?... ¡Lo necesito hoy!

SCHIPUCHIN.- (Indignado.)
¡Qué mujer más vil!
(A ella en tono suave.)
Señora... ¡Ya le he dicho que esto es un Banco..., una institución de carácter privado..., comercial!...

MERCHUTKINA.-¡Hágame la merced, excelencia!... ¡Sea un padre para mí!... ¡Si no basta el certificado médico, puedo darle también el de la comisaría!... ¡Mande que me paguen el dinero!

SCHIPUCHIN.-(Con un fatigoso suspiro.)
¡Uf!
TATIANA ALEKSEEVNA.-
(A MERCHUTKINA.)
¡Abuela!... ¡Le están diciendo que molesta!... ¡Qué especial es usted!

MERCHUTKINA.- ¡Bonita mía! ¡No tengo a nadie que pueda ayudarme en mis gestiones!... ¡Lo de que como y bebo es solo un decir!... ¡Hoy me he bebido el café sin
pizca de ganas!

SCHIPUCHIN-(Agotado, a MERCHUTKINA.)
¿Cuánto quiere usted que le den?

MERCHUTKINA.-Veinticuatro rublos con treinta y seis «kopeikas».

SCHIPUCHIN.-Bien...
(Sacando veinticinco rublos de la cartera y entregándoselos.)
Aquí tiene usted veinticinco... ¡Cójalos y márchese!
(JIRIN tose, enfadado.)

MERCHUTKINA.-¡Tantas gracias, excelencia! (Se guarda el dinero.)

TATIANA ALEKSEEVNA.(Sentándose junto a su marido.) A todo esto, ya es hora de que me vaya a casa. (Mirando el reloj.) Sólo que todavía no he terminado. Acabo en un momento y me voy... ¡Ay, lo que pasó!... ¡Lo que pasó!... Fuimos, como te decía, a la fiesta de Berenjnitzkii... Estaba bastante bien..., animada..., aunque nada de particular. Naturalmente, uno de los presentes era Grendilevskii, el suspirante de Katia... Pues bien..., yo ya había hablado con ella, habíamos llorado juntas y la había convencido, por lo que, precisamente, en esa fiesta habló con Grendilevskii y le rechazó... Pero, ¡imagínate!... ¡Piensa!... ¡Todo se había arreglado lo mejor posible!...
Tranquilizada mamá y salvada Katia, yo también podía estar tranquila..., pero, ¿qué crees?... Momentos antes de la cena, cuando me paseaba con Katia por la alameda..., de pronto... (Excitándose), oímos un tiro... ¡No!... ¡No puedo hablar de esto con sangre fría!... (Abanicándose con el pañuelo.) ¡No..., no puedo!...

SCHIPUCHIN.-(Suspirando.) ¡Uf!

TATIANA ALEKSEEVNA.-(Llorando.) ¡Corremos hacia el cenador y allí..., allí..., encontramos al pobre Grendilevskii, tendido en el suelo y con una pistola en la mano!...
SCHIPUCHIN.-¡No!... ¡No lo puedo soportar!
(A MERCHUTKINA.) ¿Qué más quiere usted?

MERCHUTKINA.-¿No sería posible, excelencia, que usted gestionase el que mi marido ingresara otra vez en su trabajo?

TATIANA ALEKSEEVNA.-(Llorando.) ¡Se había disparado justamente al corazón!
¡Aquí!... ¡El pobre cayó al suelo sin conocimiento!... ¡Katia se asustó muchísimo!... ¡Estaba allí tendido y pidiendo que llamaran al médico!... Éste vino pronto y salvó al infeliz...

MERCHUTKINA.- ¡Excelencia!... ¿Podrá mi marido volver a ocupar su puesto?

SCHIPUCHIN.-¡No!... ¡No lo podré soportar!...
(Llorando.)
¡No lo podré soportar!
(Tendiendo los brazos a JIRIN con gesto desesperado.) ¡Échela de aquí! ¡Échela..., se lo suplico!

JIRIN.-(Avanzando hacia TATIANA ALEKSEEVNA.)
¡Fuera!

SCHIPUCHIN.- ¡No!... ¡A esa no!... ¡A esta!... ¡A esta horrible mujer!
(Señalando a MERCHUTKINA.)
¡A esta!

JIRIN.-(Sin comprender, a TATIANA ALEKSEEVNA.) ¡Fuera de aquí!

TATIANA ALEKSEEVNA.-¿Cómo?... Pero ¿qué le pasa? ¿Se ha vuelto usted loco?

SCHIPUCHIN.-¡Esto es terrible! ¡Soy un desgraciado!... ¡Échela! ¡Échela!

JIRIN.-(A TATIANA ALEKSEEVNA.)
¡Resultarás tullida! ¡Te haré trizas! ¡Cometeré un crimen!

TATIANA ALEKSEEVNA.-
(Corriendo a escapar del alcance de JIRIN, que la persigue.)
¿Cómo se atreve?... ¡Qué frescura!... (Gritando.) ¡Andrei! ¡Sálvame! ¡Andrei!...
(Lanza un chillido.)

SCHIPUCHIN.- (Corriendo a su vez tras ellos.) ¡Paren! ¡Se lo suplico! ¡Silencio! ¡Tengan compasión de mí!

JIRIN.- (Emprendiéndola contra MERCHUTKINA.) ¡Fuera de aquí! ¡Cogedla! ¡Sacudidla!

SCHIPUCHIN.- (Gritando.)
¡Basta ya! ¡Se lo ruego! ¡Se lo suplico!


MERCHUTKINA.- ¡Ay de mí! ¡Socorro! (Lanza un chillido.)

TATIANA ALEKSEEVNA.-(Gritando.)
¡Auxilio! ¡Auxilio!... ¡Ay!... ¡Me desmayo!
(De un salto se sube a una silla, cayendo luego en el diván, donde permanece gimiendo, como víctima de un desvanecimiento.)

JIRIN.-(Persiguiendo a MERCHUTKINA.) ¡Pegadla! Zurradla!...

MERCHUTKINA.¡Ay de mí!... ¡Se me nubla la vista!... ¡Ay!...
(Cae en brazos de SCHIPUCHIN. Se oyen unos golpecitos dados contra la puerta y una voz que, detrás del escenario, anuncia: « ¡La Comisión!»)

SCHIPUCHIN.- ¡La Comisión!... ¡La reputación!... ¡La ocupación!...

JIRIN.-(Pataleando.)
¡Diablos! ¡Fuera de aquí! (Remangándose.) ¡Que me la traigan! ¡Soy capaz de llegar al crimen! (Entra en la estancia la Comisión, compuesta por cinco individuos, todos vestidos de frac. Uno de ellos sostiene en las manos un pergamino encuadernado en terciopelo y otro un jarrón. Por la puerta de la sala inmediata asoman los empleados.

TATIANA ALEKSEEVNA está echada sobre el diván.

MERCHUTKINA descansa en los brazos de SCHIPUCHIN. Ambas exhalan ligeros gemidos.)

UNO DE LOS DIRECTIVOS.-(Comenzando a leer en voz alta.)
«¡Estimado y querido Andrei Andreevich!... ¡Echando una ojeada retrospectiva sobre el pasado de nuestra empresa financiera y recorriendo con la mente la historia de su paulatino desarrollo, recogemos una impresión sumamente satisfactoria!... ¡Cierto que en sus primeros tiempos de existencia, la modesta cuantía de su capital básico, la carencia de operaciones de importancia y lo indeterminado también de sus fines..., ponían sobre el tapete la interrogación de «Hamlet»...«Ser o no ser»!... ¡Hubo un tiempo, inclusive, en el que se alzaron voces en pro del cierre del Banco!... ¡He aquí, sin embargo, que viene usted a colocarse a la cabeza de la empresa!... ¡Sus conocimientos, su energía y su peculiar tacto fueron para ella causa de éxito extraordinario y de raro florecimiento!... ¡La reputación del Banco!... (Tosiendo.) ¡La reputación del Banco!...

MERCHUTKINA.(Entre gemidos.)
¡Ay!...

TATIANA ALEKSEEVNA- ¡Agua!

EL DIRECTIVO- (Prosiguiendo la lectura.)
«¡La reputación!...
(Tosiendo.)
¡La reputación del Banco ha sido elevada por usted a tal altura, que hoy en día nuestra empresa está en condiciones de competir con las mejores del extranjero!...»

SCHIPUCHIN- La comisión... La reputación... La ocupación... «Una vez...sostenían dos amigos, andando al anochecer, muy seria conversación»...« ¡No digas que está mi juventud perdida!... ¡Deshecha por mis celos!»...

EL DIRECTIVO.(Prosiguiendo, azarado.)
¡Después!... ¡Fijando en el presente una mirada objetiva..., nosotros..., estimado y querido Andrei Andreevich!...
(Con voz que se apaga.)
En ese caso..., volveremos más tarde... Mejor será que volvamos más tarde...
(Salen todos, presas de azoramiento. Telón.)

*****

"EXAGERÓ LA NOTA"

Antón Chejov
Exageró la Nota

La finca a la cual se dirigía para efectuar el deslinde distaba unos treinta o cuarenta kilómetros, que el agrimensor Gleb Smirnov Gravrilovich tenía que recorrer a caballo. Se había apeado en la estación de Gñilushki.
(Si el cochero está sobrio y los caballos son de buena pasta, pueden calcularse unos treinta kilómetros; pero si el cochero se ha tomado cuatro copas y los caballos están fatigados, ha que calcular unos cincuenta.)
- Oiga señor gendarme, ¿podría decirme dónde puedo encontrar caballos de posta? -le preguntó el agrimensor al gendarme de servicio en la estación.
- ¿Cómo dice? ¿Caballos de posta? Aquí no hay un perro decente en cien kilómetros a la redonda. ¿Cómo quiere que haya caballos? ¿Tiene usted que ir muy lejos?
- A la finca del general Jojotov, en Devkino.
-Intente en el patio, al otro lado de la estación -dijo el gendarme, bostezando-. A veces hay campesinos que admiten pasajeros.
El agrimensor dio un suspiro y, malhumorado, pasó al otro lado de la estación. Tras muchas discusiones y regateos, se puso de acuerdo con un campesino alto y recio, de rostro sombrío, picado de viruelas, embutido en un chaquetón roto y calzado con unas botas de abedul.
- Vaya un carro -gruñó el agrimensor al subir al destartalado vehículo-. No se sabe dónde está la parte delantera ni la parte trasera...
- Nada más fácil -replicó el campesino-. Donde el caballo tiene la cola es la parte de adelante y donde está sentado su señoría es la parte de atrás.
El caballo era joven, aunque muy flaco, abierto de patas y de orejas caídas. Cuando el campesino, alzándose sobre su asiento lo azotó con el látigo, el caballo se limitó a sacudir la cabeza; al segundo azote, acompañado de una blasfemia, el carro rechinó y empezó a temblar como si tuviera fiebre. Después del tercer azote, el carro se tambaleó; después del cuarto, se puso en marcha.
- ¿Crees que llegaremos a ese paso? -preguntó el agrimensor, dolorido por las fuertes sacudidas y maravillado de la habilidad que muestran los carreteros rusos para combinar la marcha a paso de tortuga con sacudidas capaces de arrancarle a uno el alma del cuerpo.
- ¡Desde luego! -respondió el carretero, en tono tranquilizador-. El caballo es joven y animoso... Cuando se pone en marcha, no hay modo de detenerlo. ¡Arre-e-e, maldi-i-i-to!
Cuando el carro salió del patio de la estación empezaba a oscurecer. A la derecha del agrimensor se extendía una llanura interminable, oscura y helada. Probablemente conducía al lugar donde Cristo dio las tres voces... En el horizonte, donde la llanura se confundía con el cielo, se extinguía perezosamente el frío crepúsculo de aquella tarde otoñal. A la izquierda del camino, en la oscuridad, se divisaban unos montones que lo mismo podían ser pilas de heno del año anterior que casas rurales. El agrimensor no veía lo que había delante, pues en aquella dirección su campo visual quedaba tapado por la ancha espalda del carretero. La calma era absoluta. El frío, intensísimo. Helaba.
"¡Qué parajes más solitarios! -pensaba el agrimensor, mientras trataba de taparse las orejas con el cuello del abrigo-. Ni un solo árbol, ni una sola casa... Si por desgracia te asaltan, nadie se entera de ello, aunque dispares un cañonazo. Y el cochero no tiene un aspecto muy tranquilizador que digamos... ¡Vaya espaldas! Un tipo así te pega un trompazo y sacas el hígado por la boca. Y su cara es de lo más sospechosa..."
- Oye, amigo - le preguntó al cochero -. ¿Cómo te llamas?
- ¿A mí me hablas? Me llamo Klim.
- Dime, Klim, ¿qué tal andan las cosas por aquí? ¿No hay peligro? ¿No hay quienes hagan bromas pesadas?
- No, gracias a Dios. ¿Quién va a gastar bromas en un lugar como éste?
- Me alegro de que no tengan esas aficiones. Pero, por si acaso, voy armado con tres revólveres - mintió el agrimensor -. Y, con un revólver en la mano, el que quiera buscarme las pulgas está arreglado: puedo enfrentarme con diez bandidos, ¿sabes?
La oscuridad era cada vez más intensa. De pronto el carro emitió un quejido, rechinó, tembló y dobló hacia la izquierda, como si lo hiciera de mala gana.
"¿A dónde me lleva este sinvergüenza? - pensó el agrimensor -. Íbamos en línea recta y ahora, de repente, tuerce hacia la izquierda. Sabe Dios... quizás a alguna cueva de bandoleros... y... no sería el primer caso..."
- Escucha - le dijo al campesino -. ¿De veras no son peligrosos estos parajes? ¡Qué lástima! Con lo que a mí me gusta verme las caras con los bandidos... Aquí donde me ves, con mi aspecto flaco y enfermizo, tengo la fuerza de un toro... En cierta ocasión me atacaron unos bandidos. Pues bien, le sacudí a uno de tal modo, que ahí quedó, ¿entiendes? Y los otros, gracias a mí, fueron enviados a Siberia condenados a trabajos forzados. Ni yo mismo sé de dónde saco tanta fuerza... Tomo con una mano a un hombrón como tú... y lo volteo.
Klim miró de reojo al agrimensor, parpadeó y arreó al caballo.
- Sí, amigo - continuó el agrimensor -. Pobre del que se meta conmigo. Le arranco los brazos, las piernas y de postre, el bandido tiene que vérselas luego con los tribunales. Todos los jefes de policía y todos los jueces me conocen. Soy un funcionario del Estado, un personaje... La Superioridad sabe que hago este viaje... y está pendiente de que nadie se meta conmigo. A lo largo del camino, detrás de los arbustos, hay soldados apostados y gendarmes apostados. ¡Para! ¡Para! - bramó súbitamente -. ¿Dónde te has metido? ¿Adónde me llevas?
- ¿No tiene usted ojos? ¡Al bosque!
"Es cierto, al bosque - pensó el agrimensor -. ¡Me había asustado! Pero no me conviene que este hombre se dé cuenta de mi preocupación... Ya ha notado que tengo miedo. ¿Por qué se vuelve a mirarme tantas veces? Seguro que está tramando algo... Antes avanzaba a paso de tortuga y ahora vuela."
- Oye, Klim, ¿por qué arreas de ese modo al caballo?
- No le he dicho nada. Se ha puesto a galopar por iniciativa suya. Cuando echa a correr, no hay modo de detenerlo... Con esas patas que tiene...
- ¡Mientes, amigo! ¡Mientes! Y te aconsejo que no corras tanto. Frena un poco al caballo. ¿Me oyes? ¡Frénalo!
- ¿Por qué?
- Porque... porque detrás de mí debían salir otros cuatro camaradas de la estación. Tienen que alcanzarnos... Prometieron alcanzarme en este bosque... El viaje será más entretenido con ellos... Son gente sana, fuerte... los cuatro llevan pistola... ¿Por qué te vuelves tantas veces y te agitas como si tuvieras agujas en el asiento? ¿Eh? ¡Cuidado, amigo! ¿Tengo monos en la cara? Lo único que tengo interesante son mis revólveres... Espera, voy a sacarlos y te los enseñaré... Espera...
El agrimensor fingió rebuscar en sus bolsillos; pero en aquel instante sucedió lo que nunca se hubiera imaginado, a pesar de toda su cobardía; de repente, Klim se lanzó fuera del carro y se dirigió a cuatro patas hacia la espesura del bosque lindante.
- ¡Socorro! - empezó a gritar -. ¡Socorro! ¡Llévate el caballo y la carreta, maldito, pero no me condenes el alma! ¡Socorro!
Se oyeron pasos veloces que se alejaban, crujidos de ramas al quebrarse, y luego reinó el silencio. Lo primero que hizo el agrimensor, que se esperaba aquella salida, fue detener el caballo. Luego se acomodó lo mejor que pudo en el carro y empezó a pensar.
"El muy imbécil ha huido, se ha asustado... Bueno, ¿y qué hago yo ahora? No puedo seguir adelante, porque no conozco el camino, y, además, podrían creer que he robado el caballo... ¿Qué hago?"
- ¡Klim! ¡Klim!
- ¡Klim! -le respondió el eco.
La simple idea de tener que pasar la noche en aquel oscuro bosque, al aire libre, sin más compañía que los aullidos de los lobos, el eco y los relinchos del caballo le ponían la carne de gallina.
- ¡Klimito! - empezó a gritar -. ¡Querido! ¿Dónde estás, Klimt?
El agrimensor se pasó unas dos horas gritando, y ya se había quedado ronco, se había hecho ya a la idea de pasar la noche en el bosque, cuando una débil ráfaga de viento llevó hasta sus oídos un lamento.
-¡Klim! ¿Eres tú, querido? ¡Acércate!
- ¿No... no me matarás?
- Sólo he querido gastarte una broma, querido. ¡Te lo juro! ¡No llevo ningún revólver, créeme! ¡Te he mentido por miedo! ¡Vámonos, por favor! ¡Me estoy helando!
Klim comprendió que si el agrimensor hubiera sido un bandido, como había temido, se habría marchado con el caballo y el carro sin esperar a más. Salió de su escondrijo y se dirigió hacia el vehículo con paso vacilante.
- ¡Vamos! - exclamó el agrimensor -. ¡Sube! Te he gastado una broma inocente y te has asustado como un niño.
- ¡Dios te perdone! - gruñó Klimt, subiendo a la carreta -. Si llego a imaginármelo, no te hubiera llevado ni por cien rublos de plata. Por poco me muero de miedo...
Klim azotó el caballo. El carro tembló. Klim azotó al animal por segunda vez y el vehículo se tambaleó. Después del cuarto azote, cuando el carro se puso en marcha, el agrimensor se tapó las orejas con el cuello del abrigo y se quedó pensativo. Ni el camino ni Klim le parecían ya peligrosos.

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